Roberto Alfonso Azcona | Montevideo
@|Como campo de batalla.
Pocas desviaciones son tan perjudiciales para la economía de un país como la pérdida de propósito de sus instituciones sindicales; lo que nació como una herramienta legítima para defender condiciones laborales se ha ido transformando en un ariete político conducido por la cúpula del PIT-CNT y la influencia ideológica del Partido Comunista.
Hoy, cuando la militancia cotiza por encima del pragmatismo, el costo ya no lo pagan los dirigentes desde un escritorio, lo paga el país entero.
El conflicto en el Puerto de Montevideo es el ejemplo más escandaloso de esta deriva.
Por la terminal portuaria circula cerca del 80% de las exportaciones uruguayas; es la yugular económica de un país productivo. Sin embargo, en lugar de gestionar la conflictividad con responsabilidad estratégica y sentido de nación, la conducción sindical de la rama (SUPRA) y el respaldo de la central han convertido al puerto en un rehén de paros por tiempo indeterminado, parálisis operativas e incluso bloqueos con sesgo ideológico.
Las consecuencias de la intransigencia.
Cuando el radicalismo reemplaza a la negociación responsable, la realidad no perdona.
- Cancelación y desvío de buques: las grandes navieras internacionales no esperan. Ante la incertidumbre constante, eligen saltearse Montevideo y desviarse hacia puertos competidores de la región.
- Pérdida de competitividad: cada día de inactividad genera sobrecostos logísticos astronómicos que sofocan al agro, a la industria y al pequeño exportador. El prestigio de Uruguay como socio comercial confiable (construido durante décadas) se erosiona en cuestión de días.
- El trabajador ensangrentado por la trinchera: quienes terminan perjudicados son los propios operarios, que ven comprometidos sus jornales, y los miles de trabajadores de la cadena productiva que dependen de que la producción nacional salga al mundo.
¿Un sindicato para los trabajadores o para el partido?
Resulta revelador observar cómo el discurso triunfalista de la dirigencia intenta disfrazar de “conquista social” lo que en la práctica es un sabotaje a la producción; cuando se antepone la consigna política, la solidaridad internacional de comité o la pulseada de poder contra el gobierno de turno por sobre la viabilidad del trabajo nacional, el sindicato deja de ser la representación de los trabajadores para convertirse en su principal obstáculo.
Uruguay no puede permitirse un puerto rehén de las dinámicas de la trinchera sindical; el país necesita una representación obrera moderna, capaz de entender la logística global del siglo XXI y de defender los salarios sin poner de rodillas el trabajo de toda la sociedad. Mientras el PIT-CNT siga priorizando la disciplina partidaria y la retórica de confrontación por encima de la responsabilidad nacional, no estará defendiendo al trabajador, estará utilizando al país como moneda de cambio.