Email: ecos@elpais.com.uy Teléfono: 2908 0911 Correo: Zelmar Michelini 1287, CP.11100.

El precio de dejar de pensar

Silvia Barbieri Grezzi | Montevideo
@| «Si el ser humano termina siendo descartable frente a la tecnología, hemos creado un monstruo».
La tecnología avanza a una velocidad extraordinaria. La inteligencia artificial, la automatización y los nuevos sistemas digitales están transformando nuestra manera de trabajar, comunicarnos, aprender y relacionarnos con el mundo.

No se trata de negar ese avance ni de resistirse a los cambios. La tecnología puede ser una herramienta extraordinaria cuando está al servicio de las personas. Puede facilitar tareas, agilizar investigaciones, ampliar conocimientos y permitirnos llegar a lugares que antes parecían inaccesibles.
El problema comienza cuando dejamos de preguntarnos para qué y para quién estamos desarrollando esa tecnología.

Cada vez resulta más evidente que algunas empresas encuentran en la automatización una oportunidad para reducir costos, aumentar la productividad y sustituir trabajadores. Personas que han dedicado años a formarse, que poseen experiencia y conocimientos adquiridos a través de su trayectoria profesional, pueden encontrarse de pronto desplazadas por sistemas capaces de realizar determinadas tareas en menos tiempo y con menor costo.

¿Dónde queda entonces el valor del trabajo humano? ¿Qué sucede con esas personas, con sus familias, con sus proyectos y con su derecho a construir una vida digna a través de su profesión?
No podemos analizar este fenómeno exclusivamente desde la rentabilidad empresarial. Detrás de cada puesto de trabajo hay una persona. Y detrás de cada decisión de sustituir trabajadores por sistemas automatizados existen consecuencias económicas, sociales y culturales que no deberían ignorarse.

Tampoco debemos confundir la utilización de la inteligencia artificial como herramienta con su implementación para reemplazar indiscriminadamente el trabajo humano.
Una persona puede recurrir a la IA para investigar, organizar información, desarrollar una idea o agilizar una tarea. Pero eso no significa renunciar a su capacidad de pensar, discernir, cuestionar y decidir. La herramienta puede acompañar el proceso; el pensamiento crítico sigue siendo una responsabilidad humana.

El verdadero riesgo aparece cuando delegamos no solamente las tareas, sino también nuestra capacidad de reflexión. Cuando dejamos de cuestionar lo que recibimos, cuando aceptamos respuestas sin verificarlas y cuando confundimos rapidez con conocimiento.

El progreso no debería medirse únicamente en términos de eficiencia, productividad o ganancias. También debería evaluarse por su capacidad de mejorar la calidad de vida, generar oportunidades y garantizar que nadie quede excluido de sus beneficios.

No podemos construir un futuro en el que las personas sean consideradas un obstáculo para la rentabilidad. La formación, la experiencia, la creatividad, la sensibilidad y el pensamiento humano tienen un valor que no puede reducirse a una ecuación económica.

La inteligencia artificial debe ser una herramienta al servicio de la humanidad, no un instrumento para convertir al ser humano en una pieza reemplazable.

Porque el verdadero progreso no consiste en crear máquinas cada vez más eficientes mientras se vuelve prescindible a quien las creó.

«Si el ser humano termina siendo descartable frente a la tecnología, hemos creado un monstruo».

¿Encontraste un error?

Reportar
Te puede interesar