Juan Pedro Arocena | Montevideo
@|En Venezuela sin dudas. En Argentina, las reservas morales provenientes de su aparente estabilización democrática y de la fortaleza de sus sectores medios que resisten la pauperización progresiva que impone el modelo, están presentando batalla.
Una batalla desordenada y a veces también desencajada, pero batalla al fin.
Se estima que el modelo se consolida, casi sin posibilidad de retorno y tiende a profundizar su espiral descendente cuando la pobreza supera el 50% de la población.
Porque es allí que adquieren masa crítica enormes colectivos que pasan a depender de la “protección” de los planes sociales y de las changas precarias, propias del empleo informal.
No se trata de sectores naturalmente vulnerables, sino que han sido sumergidos en la precariedad por los planes sociales que fomentan la improductividad pasiva y desestimulan la contratación laboral formal.
Adicionalmente la cultura hegemónica ha impuesto la idea de que toda necesidad es ya un derecho adquirido, sin contrapartida alguna en el universo de las obligaciones.
Sesudos informes sociológicos que en principio se plantean combatir este círculo perverso, se acumulan recomendando lo mismo: mayor y más extensa protección social.
Es decir, tratar al enfermo con mayores dosis de la misma droga que lo enfermó.
Así, la pauperización va copando el tejido social y quienes son absorbidos por ese agujero negro quedan prisioneros de la dádiva estatal, la que también es cada vez más insuficiente porque se presenta la hiperinflación y la sociedad toda produce menos.
En ese marco, desciende también la capacidad del sector privado de generar empleo formal, el que va quedando restringido en el sector público.
Un tercer sector está compuesto por empresarios prebendarios y especuladores que viven de los negocios con el gobierno o de meras especulaciones financieras que el modelo, en sus disfunciones económicas, posibilita.
Ellos se encargarán de corromper (aunque el término ya no sería corrupción sino una mera y obscena asociación) a los gobernantes. No son empresarios capitalistas, sino una nueva versión de los barones feudales que, sin arriesgar, invertir ni innovar amasan fortunas.
La fuente de riqueza disminuye, se hace más extractiva y se registran enormes pérdidas de valor.
En esa lógica quienes no logran o no quieren entrar en alguno de estos colectivos se ven forzados a emigrar.
A cierta altura del proceso, se hace necesario también un creciente autoritarismo.
Argentina a los tumbos, evita tomar ese camino. Sigue por ahora tratando de construir poder político en la legitimidad democrática, la que hace converger al electorado con las primarias primero, luego con la 1ª vuelta y finalmente con la 2ª a sólo dos opciones.
Todos cuantos estén honestamente contra el populismo, deben ser conscientes que, en esta lógica, se hace imposible que el candidato que acude al balotaje con esa inspiración represente el 100% las ideas de todos.
Las generalizadas declaraciones que manifiestan “optar por el menos malo” improvisan esta expresión para dar cuenta del fenómeno.
En este contexto, si convenimos en que retomar los equilibrios macroeconómicos y la estructura de los precios relativos (es decir acabar con el caos en la economía) es el primer requisito para hacer abortar el modelo que tiende a consolidarse en Argentina, “they have no choice”: a pesar de todos sus exabruptos… Milei.