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El futuro del trabajo

Uruguayo inquieto | Montevideo
@|Existe una preocupación que merece ser tomada mucho más en serio de lo que está ocurriendo hoy: ¿está realmente preparada la fuerza laboral uruguaya para los cambios que producirán la inteligencia artificial, la automatización y las nuevas tecnologías?

La respuesta no debería ser complaciente. Uruguay tiene fortalezas indudables —una larga tradición educativa, buenos profesionales e importantes avances en digitalización—, pero eso no significa que su población trabajadora posea, en términos generales, las competencias que exige la nueva economía. El propio Banco Mundial ha señalado debilidades de nuestro sistema educativo para desarrollar capacidades adecuadas al siglo XXI, mientras que análisis recientes muestran que los empleadores demandan crecientemente competencias cognitivas, técnicas, socioemocionales y digitales.

El problema adquiere especial importancia porque una parte significativa de nuestra estructura laboral está vinculada a tareas rutinarias: procesar información, registrar, controlar, documentar, cumplir procedimientos y mantener burocracias. Esto ocurre tanto en el sector privado como, particularmente, en determinadas áreas del Estado.

Son precisamente esas tareas las que la tecnología y la inteligencia artificial pueden realizar cada vez con mayor eficiencia.

Pero aquí aparece la verdadera dificultad. Si una máquina puede hacer una parte creciente del trabajo rutinario, ¿estamos formando personas capaces de ocupar los puestos de mayor complejidad y productividad que deberían sustituirlos?

No alcanza con tener más años de educación formal ni con acumular títulos. Las competencias decisivas serán la comprensión lectora, el razonamiento, la capacidad de resolver problemas, el pensamiento crítico, las habilidades digitales, la comunicación y, sobre todo, la capacidad de aprender continuamente. La experiencia internacional muestra, de hecho, que un mayor nivel educativo no siempre se traduce automáticamente en mayores competencias.

Por eso el desafío para Uruguay es doble: automatizar las tareas que ya no necesitan trabajo humano y, simultáneamente, elevar sustancialmente la calidad de las capacidades de quienes deberán realizar el trabajo del futuro.

En el Estado, esto debería llevarnos a una revisión profunda. No se trata simplemente de digitalizar la burocracia existente —pasar del expediente de papel al expediente electrónico y luego incorporar inteligencia artificial—, sino de preguntarnos qué procedimientos son realmente necesarios, cuáles pueden eliminarse y qué trabajo de mayor valor deberían realizar las personas.

El futuro no debería plantearse como “inteligencia artificial contra trabajadores”. Pero tampoco deberíamos suponer que todos los trabajadores están preparados para aprovecharla.

El verdadero desafío es mucho más exigente: lograr que Uruguay deje de depender de una cantidad importante de trabajo rutinario y consiga transformar esa fuerza laboral en personas capaces de analizar, crear, resolver problemas, utilizar tecnología y asumir responsabilidades de mayor valor.

El futuro del trabajo no se medirá por cuánta tecnología logremos incorporar, sino por nuestra capacidad real de formar a las personas que deberán liderarla.

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