Roberto Alfonso Azcona | Montevideo
@|Un chofer de UCOT fue secuestrado a mano armada, en pleno domingo, con el ómnibus lleno de pasajeros; cuarenta minutos manejando bajo amenaza de muerte, cruzando semáforos en rojo, con una moto escoltando el secuestro como si fuera un operativo organizado.
¿Y la Policía?
Avisada; a tiempo; con línea abierta y aún así, cuando el ómnibus llegó al destino, no había “ningún policía, nadie esperando”. La llamada al 911 se cortó en el medio; nadie volvió a llamar para preguntar si el chofer seguía con vida.
Esto no es un choque de guardia; es la foto exacta de un Estado que solo reacciona cuando ya no le queda otra; recién hubo ministro, reunión y “auditoría de comunicaciones” después de que el sindicato paró y salió a la calle. Antes de eso, silencio institucional.
La pregunta no es si hay delincuencia; la hay, en todas partes. La pregunta es qué pasa cuando el ciudadano hace todo bien: avisa, pide ayuda, mantiene la calma, y del otro lado del teléfono nadie responde. Ese es el verdadero secuestro, el de la confianza en que, si llamás, alguien viene.
Mientras tanto, un trabajador se subió a laburar un domingo y no sabía si iba a volver a su casa caminando.