José Luis Aguiar Cuello | Canelones
@|La dictadura cubana no está en crisis por el embargo ni por conspiraciones externas: está en crisis porque su modelo fracasó. Lo dijo con claridad el encargado de negocios de EE.UU. en Cuba, Mike Hammer: “el cambio se aproxima”. Cuando incluso actores internacionales perciben el agotamiento del régimen, resulta insostenible que parte de la izquierda uruguaya continúe romantizando una estructura autoritaria que ha empobrecido deliberadamente a su pueblo.
Hammer fue aún más revelador: “dentro del sistema cubano hay individuos que se dan cuenta de que el proyecto ya está finalizando”. Si desde el propio aparato reconocen el derrumbe, ¿con qué argumento moral se sigue defendiendo en Uruguay a una dictadura que no permite elecciones libres, que encarcela opositores y que reprime cualquier disidencia?
La situación en Cuba no es un relato ideológico: es basura acumulada en las calles, colapso energético, hospitales deteriorados y jóvenes que solo ven futuro en el exilio. El propio diplomático sostuvo que “el dinero que estaban sacando del turismo no se reinvertía en la economía” y que no hubo inversión en transporte, salud ni infraestructura. Es decir, no fue el embargo el que desvió los recursos: fue la cúpula militar y política la que priorizó sus privilegios.
Sin embargo, en Uruguay senadores oficialistas proponen que el Senado declare su “preocupación y rechazo” ante el bloqueo y sostienen que las medidas provocarán “serias y previsibles consecuencias humanitarias”.
Pero la pregunta de fondo es otra: ¿quién llevó a Cuba a esta situación de colapso estructural? Hammer fue categórico al describir un sistema donde los recursos no se reinvierten en la población y donde la situación es “insostenible”. También aclaró que “con estas medidas no queremos hacer sufrir a ningún cubano”, desarmando la narrativa que coloca toda la responsabilidad fuera del régimen.
El objetivo planteado es una transición pacífica que libere presos políticos y reconstruya un país devastado institucionalmente. Defender sin matices al castrismo, ignorando su carácter dictatorial, no es solidaridad latinoamericana: es cerrar los ojos ante la represión.
Si “el cambio se aproxima”, como ya se reconoce incluso desde ámbitos diplomáticos, América Latina no podrá seguir refugiándose en consignas ideológicas ni en silencios cómodos. Deberá elegir con claridad: o se coloca del lado de la libertad, la pluralidad política y los derechos humanos, o persiste en la defensa acrítica de un régimen que encarcela, censura y empobrece.
No se trata de geopolítica ni de simpatías partidarias; se trata de coherencia democrática. No es aceptable condenar dictaduras según el color ideológico y justificar otras por afinidad histórica. Quien defiende la democracia solo cuando le conviene no la defiende: la instrumentaliza. Y hacerlo desde la tranquilidad de una democracia consolidada, mientras otros no pueden elegir ni expresarse libremente, es una forma de desentenderse del sufrimiento ajeno.