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Debates, a pesar de todo

Nicolás Etcheverry Estrázulas | Montevideo
@|A raíz de los recientes debates en Argentina, han surgido opiniones que sostienen - con sólidos y atendibles argumentos - que no sirven mucho, pues han perdido espontaneidad, son casi pre-fabricados, apuntan y muestran más aspectos formales que de contenido y que, en definitiva, no sirven para nada a la hora de definir una elección de candidatos en un sistema democrático.

Para reforzar su planteo, varios de estos detractores utilizan el caso del debate Kennedy – Nixon para mostrar que fue el inicio de un auge de la imagen y de la forma con menosprecio de la sustancia y de las ideas o propuestas que se pueden ofrecer y discutir. Muchos sostienen que la manera de presentarse, de vestir y hasta de estar maquillado Kennedy, frente a un ojeroso, demacrado y desaliñado Nixon fue decisiva para el resultado electoral poco tiempo después.

Tengo varias discrepancias con todo lo anterior. Soy firme partidario de los debates a pesar de todo y trataré de argumentar por qué.

En primer lugar, la calidad del debate por supuesto debería estar centrada en el peso argumental de cada debatiente, no en su imagen y las formas en que se expresa; pero si las cosas han cambiado para mal, es por el deterioro cultural y educativo de nuestras sociedades en general, no por culpa de los que se presentan a debatir. Ahí, el rol de los periodistas que organizan, moderan y realizan las preguntas y tópicos que van a abordar resulta clave.

Un periodista con solidez profesional y suficiente preparación, debe estar preparado para no ser un mero espectador oyente de los intercambios entre los debatientes; debería asumir una tarea mucho más activa, como el vigilante de tránsito que en ocasiones tiene que imponer su autoridad y re-direccionar las orientaciones de la discusión.

Esto implica, por ejemplo, insistir en una pregunta bien formulada y no respondida. Lógicamente, un debate entre cinco candidatos se presta más para ser una función de malabarismos de circo que en un serio encuentro de intercambios racionales y argumentativos. La verborragia, la estrategia populista y emocional o los reproches personales inundarán con facilidad la sala y las pantallas en detrimento de los contenidos y las propuestas concretas.

Sin embargo, a pesar de que no se logre mucha sustancia el debate, sea dual o multi-personal, sigue sirviendo porque es un documento histórico que queda grabado y puede reproducirse tiempo después para mostrar lo que dijo o dejó de decir cada candidato.

El asunto es saber cuándo y cómo utilizarlo en el futuro; en tal sentido, la capacidad, autonomía y el profesionalismo de los periodistas serán decisivas.

Un debate pasado tiempo después de realizado puede ser una herramienta importantísima para mostrar la coherencia o la inconsistencia de un candidato, aun si el debate en sí mismo no hubiera sido de alta calidad.

En cuanto al ejemplo del debate Kennedy – Nixon como muestra del inicio de un deterioro en las formas de comunicación, también discrepo. Más allá de lo visual y de los aspectos externos de ambos candidatos, los argumentos, ideas, planteos y propuestas de ambos, hechas con claridad y respeto, fueron mucho más sustanciales que las de un noventa por ciento de las que pueden observarse en nuestros tiempos en cualquier región del mundo.

No se trata de eliminar los debates, hay que apuntalar la cultura y la educación. La retórica correctamente entendida es saber combinar el bien, la veracidad y la belleza al expresarse por parte de quien tiene suficiente y legítima autoridad para hacerlo.

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