Juan Pedro Arocena | Montevideo
@|“…matar a un europeo es matar dos pájaros de un tiro, suprimir a la vez un opresor y un oprimido: quedan un hombre muerto y un hombre libre…” Jean Paul Sartre en Prefacio a “Los condenados de la tierra” de Frantz Fanon 1961.
Por dura que haya sido la guerra de Argelia, (contexto en el que se editó el libro citado) no fue la única guerra anticolonial.
La nuestra, la del Río de la Plata comenzó con “Clemencia para los vencidos”. La revolución norteamericana concluyó con más de un 80% de soldados colonialistas viviendo como ciudadanos estadounidenses y a partir de 1794 las relaciones comerciales entre los contendientes se incrementaron y cimentaron una alianza política de creciente solidez. La frase de Sartre, 167 años después y en medio de otra guerra anticolonial, denota un odio irreconciliable entre colonos y colonialistas y aparenta ser concebida por una mente sanguinaria.
Sin embargo, es propia tan sólo de un hombre que cree que a mayor crueldad y radical violencia de sus dichos, mayor será la distancia que tome de los crímenes coloniales que ya, muy a destiempo, seguía perpetrando la Francia de posguerra.
Esa cola de paja tiene también una causa ideológica. Marx lo ha convencido de que el capitalismo es un robo a quien trabaja y Lenin ha hecho otro tanto respecto de la relación entre las naciones al concebir al imperialismo como una necesaria (y última) fase del capitalismo.
Ambas tesis serían destruidas por la historia posterior; pero lo cierto es que en 1964, Sartre fue distinguido por la cultural occidental (que insiste en premiar a sus declarados enemigos como también lo hizo con Neruda) con uno de los mayores lauros que ella otorga: el Premio Nobel de Literatura. Sartre, lo rechazó por provenir de un sistema injusto.
Tan talentoso como equivocado, Sartre fue significativamente influyente en la contracultura occidental que comenzó a forjarse a partir de los años 60.
La cola de paja poscolonial así como la proveniente de las posiciones económicas encumbradas de algunas burguesías occidentales, adoptó esa vergüenza al acceder a la creencia de estar beneficiándose de una injusticia. Aún así, pocos son los que descienden de sus posiciones de privilegio.
Pocos como Sartre, tan consecuentes con sus ideas como para rechazar un Nobel. Pero al menos, lavan sus conciencias poniéndose del lado del más débil, aunque “el más débil” decapite bebés, utilice escuelas y hospitales como escudos humanos, incinere vivas a sus víctimas o viole mujeres en presencia de sus hijos y maridos.
Estas personas (quizás cientos de millones en Occidente) sienten como Sartre que cuanto más extrema sea la repulsa que provoca la ferocidad que ellos aplauden, al hacerlo, mayor será la distancia que tomen de las injusticias de Occidente.
Resulta poco creíble que una persona con la calificación intelectual de Claudine Gay, quién además, por su condición de afrodescendiente debe haber sufrido el racismo, sienta realmente lo que dice en cuanto a la relativización de la condena a partidarios del genocidio.
Otro tanto cabría pensar de sus colegas de la Upenn y del MIT.
Son sólo personas que se han propuesto progresar en un hemisferio que, a pesar de estar a la vanguardia de la humanidad en todos los planos, ha devenido vergonzante de sí mismo y, en consecuencia, ha quedado preso de una retórica plena de antivalores.
Los movimientos feministas y LGBT que condenaron a Israel aún antes de la invasión, no pueden vivir realmente la solidaridad con una cultura en donde la mujer vale poco más que un bicho y donde ser homosexual es delito.
La sociedad libertaria en la que se educaron y progresaron les permite expresarse en todo sentido como se les antoje, incluso hasta levantarse contra ella. Una numerosísima quinta columna habita en Occidente.
Son verdaderos “círculos azules” empeñados en destruir sus valores y que (si alguien lo duda alcanzará con observar lo que ocurre en el resto del mundo) constituyen hoy, lo más avanzado de la ética universal.