El Ciudadano | Montevideo
@|Uno de los mayores desafíos de la democracia moderna no es la diversidad de ideas, sino la degradación del debate público. Vivimos en una era donde el pensamiento crítico cede terreno frente al marketing político, las consignas vacías y las teorías conspirativas que circulan con velocidad viral.
En ese contexto, el acto de votar, que debería ser la máxima expresión de responsabilidad cívica, muchas veces se reduce a una reacción emocional o a una elección sin reflexión.
El voto obligatorio, concebido como herramienta para garantizar participación, introduce una paradoja incómoda; obliga a decidir incluso a quien no quiere, no puede o no le interesa comprender; así, la democracia suma números, pero pierde densidad.
No toda participación es compromiso, ni todo voto es consciente y el resultado puede ser una representación distorsionada, más cercana a un termómetro del humor social que a un mandato político claro.
Aceptar pensamientos distintos es parte esencial del sistema democrático, pero aceptar la renuncia al sentido común, la sustitución del argumento por el eslogan y la irresponsabilidad cívica como norma, es otra cosa; por eso resulta necesario discutir una transformación profunda, reducir o eliminar el marketing político y devolverle centralidad al debate cara a cara.
Encuentros públicos, espacios abiertos de discusión, intercambio directo de ideas y confrontación honesta de propuestas permitirían recuperar la política como acto racional y no como producto publicitario.
El verdadero problema no es que la gente vote, sino que vote sin comprender el peso de su decisión; sin educación cívica y sin debate real, la democracia corre el riesgo de convertirse en una ficción estadística, correcta en forma, pero irreal en esencia.
Al ciudadano le pregunto: ¿cómo terminamos con este carnaval político?