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Carnaval partidario

José Pedro Traibel Oribe | Montevideo
@| Reconozco que está opinión es “lluvia sobre mojado”, pero no pierde vigencia ya que es habitual el tema en todos los Carnavales, y nada ni nadie lamentablemente ha cambiado los hechos sino más bien se han agudizado. Como ciudadano y contribuyente, siento una profunda indignación frente a la transformación que desde años sigue sufriendo un fenómeno cultural muy antiguo de nuestra sociedad, el “Carnaval de Montevideo”. Excepción es el de otras capitales del interior, que mantiene su principal característica de popular , divertido , picaresco y para todos.

Un evento cultural verdaderamente popular debería unir, divertir y convocar a toda la población, sin exclusiones ni sesgos ideológicos. Lo popular, por definición, no discrimina ni enfrenta. Mucho menos cuando se sostiene con fondos públicos, es decir, con el esfuerzo de ciudadanos que piensan distinto, creen distinto y votan distinto.

Sin embargo, el Carnaval que hoy se desarrolla en la capital ha dejado de ser un espacio de encuentro para convertirse, en muchos casos, en una tribuna de agresión, burla hiriente y ridiculización sistemática de personas, partidos políticos, creencias religiosas y colectivos sociales. Bajo el amparo del humor, se siembra división. Y donde hay división, no hay cultura popular, hay facción.

Pero el problema es aún más profundo y merece ser dicho con claridad, no es conveniente ni saludable que el Estado financie eventos culturales. El rol del Estado es el de custodiar y mantener la infraestructura y los servicios generales que garantizan el bienestar de la población. Principalmente y en forma prioritaria la limpieza,iluminación e higiene de espacios públicos y el ordenamiento territorial. No es un Objetivo Prioritario de Interés y Bienestar General convertirse en productor, financista ni orientador de expresiones artísticas.

Cabe preguntarse entonces: ¿acaso los creadores y/o productores de estos eventos no confían en su propia capacidad artística, en su talento o en su poder de convocatoria para sostenerse por sí mismos el espectáculo? Porque cuando un evento depende del financiamiento estatal deja de ser libre e independiente. Y cuando depende del Estado, inevitablemente pasa a depender del partido que gobierna ese Estado.

En ese punto, los artistas dejan de ser libres creadores para transformarse, de hecho, en empleados indirectos del poder político de turno. Y la consecuencia es clara, la crítica se vuelve servil y selectiva, el humor apunta siempre hacia el mismo lado y la expresión pierde autenticidad. La financiación condiciona. La financiación ata. La financiación esclaviza la opinión.

La libertad cultural no puede existir sin libertad económica. Y sin libertad económica no hay verdadera libertad de expresión, ni de acción, ni de pensamiento. Un espectáculo financiado por el poder político deja de ser cultural para transformarse en partidario, aunque se disfrace de tradición o de supuesto sentir popular.

Qué fácil es emprender una obra, representación artística o evento sin riesgo ninguno y con la garantía del financiamiento total , así cualquiera ¿verdad?

Resulta indignante que con el dinero de todos, algunos se diviertan y celebren mientras otros son ofendidos y despreciados. Eso no es inclusión, no es pluralidad, tampoco es justicia cultural y menos de ser democrático.

El Carnaval supo ser alegría compartida, barrio, familia, turismo y encuentro. Hoy, para muchos, se ha transformado en desencanto y exclusión. No se trata de censurar el humor ni de prohibir la crítica, sino de reclamar algo básico, la abstención o neutralidad del Estado y la libertad real de la cultura a través de la independencia económica. Lo popular no se impone, se elige. Lo cultural no se subsidia, se sostiene por su valor intrínseco. Y la libertad no se vende, se defiende con independencia creativa.

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