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Argentina, ¿el verdadero inicio de un cambio?

Juan Pedro Arocena | Montevideo
@|Creo que no. Los tres candidatos llegan con posibilidades a octubre, y cualquiera sea el resultado, la frustración de los argentinos con la política seguirá in crescendo.

La culpa se la llevan los políticos y el desencanto con ellos parece haber tomado la delantera, pero estamos tan sólo ante una reacción algo histérica que no ataca el problema de fondo, sino que, a lo sumo, cambia los protagonistas de un mismo drama.

El espejismo de las soluciones de origen político lleva milenios. Es tan añeja como la civilización misma. Desde el viejo “pan y circo” de la antigüedad, pasando por el pollo todos los domingos en la mesa de los franceses de “le bon roi Henri IV”, llegando hasta la demagogia del populismo contemporáneo. Nosotros tampoco somos ajenos a ese fantasma de la promesa política. No hace tanto, un presidente aseguraba que la felicidad de todos los uruguayos emanaría de su mandato como en un cuento de hadas. Y hasta hoy, desde tiendas bien distantes a aquella, nos llegan propuestas de políticos que quieren “solucionarle los problemas a la gente”… ¡con leyes! Artículo 1: Sea feliz. Publíquese, etc.

Superar esta fantasía sólo es posible cuando la prosperidad económica se encuentra razonablemente generalizada en la sociedad. En otras palabras: una vez logrado el desarrollo económico capitalista. Es a partir de cierto estadio de bienestar que el ciudadano comienza a depender de sí mismo, de su esfuerzo, del éxito de sus proyectos personales. Y es desde esa prosperidad que se empieza a desconfiar de la promesa política.

La gente que le dio su voto a Milei no leyó a Hayek ni a Friedman. No están desencantados del asistencialismo populista en general; sólo están desilusionados de sus caras más notorias, más visibles y de las directamente responsables del desquicio económico de uno de los países más ricos de América. Votan a Milei porque se presenta furioso e indignado contra ellas. Pero al mismo tiempo, depositan en él las esperanzas de ese ansiado derrame bienhechor que los otros políticos prometieron una y otra vez, y que resultó también una y otra vez devorado por el fenómeno inflacionario que los propios intentos de cumplirlo provocan. La economía en Argentina está desquiciada, no por la odiada “casta política” contra la que Milei desata su furia. Esa casta se genera como lógica respuesta de lo que la gente pide desde su fantasioso imaginario. Los que hoy reciben con palmas a Milei, si llegara a gobernar Argentina, tardarán poco más de una semana en gritar “crucifícale, crucifícale”.

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