Guillermo Popelka | Montevideo
@|El debate sobre el agua en el Uruguay se ha democratizado. Hoy participan técnicos, políticos, organizaciones sociales, periodistas y ciudadanos, lo cual en principio parece no solo justo, sino deseable. Sin embargo, esa ampliación del espacio deliberativo ha tenido un efecto colateral inadvertido: el descenso del nivel técnico de la discusión, especialmente cuando se trata de agua subterránea.
A diferencia de otros países donde el agua subterránea sostiene buena parte del abastecimiento humano y productivo, aquí su uso es mínimo, muy por debajo del 1% de la recarga anual. Sin embargo, se la piensa como si estuviera al borde del colapso. El resultado es una paradoja: tenemos un recurso estratégico subutilizado, pero rodeado de temores y prejuicios propios de contextos de sobreexplotación que no son los nuestros sino inducidos por la retórica de afuera. Para entender por qué ocurre esto, conviene detenerse en algunas características propias del agua subterránea, que explican este desconocimiento. El agua subterránea es invisible.
No se ve, no corre, no ocupa titulares. A diferencia de un río seco o un embalse bajo, su degradación no genera imágenes impactantes. Lo invisible no alarma, y lo que no alarma no se discute con rigor. Esta invisibilidad facilita tanto el abandono como el prejuicio. Como está enterrada, no hay de dónde colgar la cinta para que la corte -inaugurando una obra con ella- el político de turno. Los volúmenes almacenados en los acuíferos superan largamente los del agua superficial disponible en un momento dado. Esta enormidad genera dos reacciones opuestas: en algunos países, explotación intensa; en otros, como el nuestro, una mezcla de fascinación y miedo que termina en inacción. Confunde ese gran volumen almacenado y se evita el uso por temor a “abrir una caja de Pandora” que en realidad está prácticamente cerrada. “No nos lleven el Acuífero Guaraní” dice la gente asustada.
En Estados Unidos o en España -por nombrar dos casos conocidos en nuestra lengua- el agua subterránea sostiene la agricultura, la industria y el consumo humano. Allí el debate gira en torno a la sobreexplotación, la caída de niveles, la intrusión salina o los conflictos de derechos. La prudencia es una respuesta a una presión real. En Uruguay, en cambio, ocurre algo distinto: se adopta el discurso precautorio de países altamente dependientes del acuífero, sin haber pasado antes por la etapa de uso significativo. Es como aplicar normas de terapia intensiva a un paciente sano. La precaución, en este contexto, deja de ser una virtud y se transforma en inmovilismo. Discutimos el agua subterránea como si la estuviéramos agotando, cuando en realidad casi no la usamos. Hace más de 10 años que venimos abogando por más uso del agua subterránea en el Uruguay. La tenemos escondida, es un recurso natural nuestro puro y sostenible. Tenemos que exigir que se use antes de gastar carretillas de dinero público en obras para que los políticos de turno se saquen la foto.