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Adam Smith y la moral cristiana

Juan Pedro Arocena | Montevideo
@|Todos conocemos a Adam Smith como el fundador de la Economía Política moderna. Este año se cumplen 250 años de su obra magna An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations (más conocida como “La riqueza de las naciones”). El origen de su pensamiento tiene más relación con la lógica y la filosofía moral (que enseñó como Profesor en la Universidad de Glasgow) que con la economía. Para Smith, la economía nace dentro de la filosofía moral, no fuera de ella. Su lúcida peripecia intelectual personifica una relación de causalidad entre capitalismo y moral, a la vez que constituye también una paradoja. Lo anterior habida cuenta que la filosofía moral que enseñaba Smith vio la luz en una civilización en la que, la moralidad cristiana ocupaba (aún ocupa) un lugar central.

Señalábamos una causalidad y una paradoja. La causalidad se evidencia a poco de analizar la historia y advertir cómo el capitalismo surge y se desarrolla en el Occidente cristiano mucho antes que su difusión en el resto del globo. Lo paradojal consiste en que la moral cristiana se encuentra altamente estructurada en torno a la caridad como manifestación activa de la mayor virtud del cristiano: el amor al prójimo. ¿Cómo es posible establecer un trait d'union entre el episodio evangélico del joven rico y la necesaria acumulación de capital que requiere la prosperidad capitalista? ¿Cómo una religión con fuertes elementos anti acumulativos, situada en las antípodas de la ostentación y el apego a los bienes materiales, pudo protagonizar la génesis misma de la sociedad capitalista, vale decir la civilización más productiva y próspera de la historia?

Una primera respuesta nos resulta ya muy familiar y consiste en distinguir los planos de los enunciados: 1) Plano de las virtudes personales, que en el cristiano se centran en la caridad; y 2) Plano institucional, político, macroeconómico: cómo lograr una sociedad próspera y libre en directo beneficio de multitudes. Pero esta distinción de planos no resuelve la paradoja. Porque para los cristianos las enseñanzas evangélicas son también una guía de conducta, en principio, contraria a toda acumulación de riqueza. Y siendo así, ¿cómo es que el capitalismo no nace en los oropeles extravagantes de las cortes orientales, quinta esencia de la acumulación, sino en el ascetismo de los monasterios católicos, la austeridad calvinista y la rigurosidad puritana? Órdenes monásticas como la benedictina (Abadía de Cluny, año 910, Francia) o la del Císter de Bernardo de Claraval (Abadía de Clairvaux, año 1090, Borgoña) organizaron comunidades cuyos miembros, renunciando personalmente a la riqueza, construyeron instituciones productivas, verdaderamente precursoras del capitalismo agrícola: drenaron pantanos y cultivaron tierras improductivas, preservaron técnicas agrícolas, organizaron horarios estrictos, alfabetizaron y copiaron textos, llevaron contabilidad, almacenaron excedentes, innovaron en molinos, viñedos, ganadería, metalurgia local en total observancia de la máxima “ora et labora”.

Ello nos lleva a distinguir dos componentes de la acumulación de riqueza en función de su destino final: el gasto y la reinversión. Cuando de manera frívola y genérica se condena la acumulación de capital suele no distinguirse entre ambas finalidades en las que por regla general la segunda prima cuantitativamente sobre la primera. El gasto, por más excesivo que pueda resultar, siempre termina siendo un destino menor de las grandes ganancias que acumulan capital, las que, en mayor proporción, al reinvertirse, terminan financiando emprendimientos, multiplicando la riqueza, abriendo fuentes de trabajo, incrementando salarios y en definitiva, beneficiando a los menos favorecidos del entramado social. Y si volvemos a las fuentes evangélicas, encontramos una importante aproximación de este corolario capitalista con la parábola de los talentos, que premia al esfuerzo productivo y condena la aversión al riesgo. El trabajo disciplinado y regular tiene un sentido moral profundamente cristiano que deja atrás la concepción despreciable de lo servil. Riqueza productiva y gasto (a veces suntuario, pero siempre comparativamente menor) son las dos caras de una valiosa moneda. La acumulación capitalista requiere de la primera mucho más que de la segunda. Siendo así la austeridad personal no contradice la acumulación de capital que se vuelca a la creación de riqueza y beneficia al prójimo.

El cristianismo propició la sociedad capitalista, no en base a su mensaje literal sobre la riqueza, sino creando las condiciones morales en las que se pudo desarrollar. En otras palabras, el mandato evangélico no es por cierto adorar las riquezas, pero sí crearlas a través del trabajo disciplinado y productivo. Y fue así cómo terminó coadyuvando protagónicamente a crear un tipo de sociedad donde el capitalismo pudo desarrollarse. Nos topamos nuevamente con el brillante intelecto de Smith, que no ve contradicción alguna entre la caridad que alivia el sufrimiento y el esfuerzo productivo acumulado que constituye la base de la prosperidad.

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