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Activismo radical y frente de masas

Juan Pedro Arocena | Montevideo
@|Una vez más, Lenin.

El concepto radica en considerar la actividad política extrema (revolucionaria, insurreccional, violentista, que fuera y es aún hoy día también aplicada por el terrorismo) en dos frentes. No dos alas discrepantes, sino múltiples tácticas dentro de un único objetivo estratégico. Un partido de vanguardia, revolucionario, clandestino y violento debe coexistir y moverse en el seno de amplias masas que lo apoyan por afinidad de ideas, pero con frecuencia también por temor o intimidación. Ellas le darán cobertura, cobijo, prestigio y serán el semillero de los cuadros revolucionarios. (“¿Qué hacer?”; “La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo”; “Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática”): “Nuestros diputados en la Duma deben ser tribunos del pueblo, no legisladores reformistas: su tarea es utilizar la tribuna parlamentaria para la agitación revolucionaria” (Lenin 1912).

En el caso de la revolución leninista, el fin último consistía en la toma del poder para la imposición del socialismo primero y el comunismo después. La historia arrolló el objetivo, pero la estrategia permanece en todo su vigor.

El objetivo estratégico de Hamás es la desaparición del Estado de Israel. El pogromo del 7 de octubre de 2023 es protagonizado por minorías entrenadas, decididas a todo, hasta la práctica de la violencia en sus formas más aberrantes. Pero más allá de los cuadros terroristas, Hamás cuenta con una gran inserción en la masa gazatí, a través de las organizaciones gubernamentales del proto estado que dominan y de las instituciones religiosas que forman a la masa en valores afines al objetivo final. Esa población así formada (deformada) será el escudo, el semillero, el ámbito en donde el miliciano terrorista se moverá y será reemplazado con facilidad.

Pero el activismo terrorista, se las arregla para desarrollar círculos concéntricos de apoyo masivo en ámbitos sucesivamente más amplios. La población gazatí es el primero. El segundo el islam todo, desde dentro y fuera de las fronteras del mundo árabe. El tercero, grandes sectores, sino mayoritarios, al menos sí hegemónicos del Occidente antioccidental. Confluyen allí las izquierdas en todas sus versiones: comunista, buenista, woke, progre, socialdemócrata, etc. Paradójicamente también las organizaciones feministas y LGBT (algo así como el vegetariano apoyando al asado con cuero), ecologistas (velero Madleen), indigenistas y hasta gobiernos de izquierda de países (Colombia, Bolivia, Nicaragua) que rompen relaciones con Israel. El siguiente círculo, países (Sudáfrica, Chile Brasil, México, España) que condenan el genocidio. El último trasciende ideologías políticas o formaciones religiosas; consiste simplemente en partidos de centro e incluso de centro derecha occidentales liderados por pusilánimes oportunistas como Macron, que no usan el término genocidio, pero sí otros de similar condena: “crímenes de guerra”, “catástrofe humanitaria sin precedentes”. Hamás, logra así aislar a Israel de la comunidad de naciones que deberían ser sus aliados.

Advertir que los círculos de apoyo al terrorismo nunca lo expresan directamente porque de ser así, abandonarían la legalidad. Y no se trata de eso, porque fuera de ella ya operan los grupos de acción directa. Se condena la reacción (necesariamente también violenta) en la que inevitablemente incursionan las sociedades que sufren el ataque terrorista. De manera hipócrita a veces, oportunista y demagógica otras, se suma al objetivo final de manera indirecta, todo aquello que, en Occidente, se ha propuesto liquidar la civilización occidental. En una lógica maquiavélica, simulan defensa de derechos humanos, democracia, pacifismo, humanismo, es decir, valores occidentales para, en los hechos, apoyar a quienes los combaten.

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