Dra. Prof. Malka Dora Rostkier | Montevideo
*|Ante todo Señora, reciba Ud. mi mayor y sentida adhesión.
Me pregunto cómo puedo contribuir ante su tan tremenda e injusta pérdida.
Quizás sí, porque recientemente yo también sepulté a mi única hija, y aunque fue diferente, no se trata de competencias entre angustias y penas. Las madres no nacimos para eso. Mi hija tuvo también una muerte brusca e imprevista, pero estaba enferma y tenía 66 años.
A pesar de las diferencias, ambas muertes deplorables y tan dolorosas, las llevaremos de por vida en nuestra mente y corazón.
Antes que Ud., vengo padeciendo y puedo comprenderla como nadie. Yo también busqué responsables, y primero a mi, injustamente.
Por eso deseo evitarle esa confusión y ese hondo dolor que da la incertidumbre de “si hubiera... o hubieran...”. Se trata de sentimientos adversos contra uno y los demás, buscando culpas que nada mitigan y agudizan nuestro sufrimiento. No incurra en ello, ¡por favor!
Por otra parte, con frialdad ajena, pude reflexionar sobre cómo y quién hubiere podido evitar ese desenlace, y llegué a una conclusión que deseo compartir con Ud.
Mi espíritu me lleva a actuar de inmediato en mi nombre, el suyo, y el de todas las Valentinas futuras, ante el “cuarto poder”, que es la prensa, al solo efecto de que esta desprotección, no vuelva a ocurrir. Porque lo que falló no fue el poder Judicial, ni la Policía, ni Ud., ni el padre del menor infractor. Falló el sistema.
La ley impide ciertas actuaciones frente a la minoridad, como la tobillera electrónica para prevenir el no acercamiento. Y como consecuencia se responsabiliza a los padres de ambos, en nombre de los “deberes inherentes a la Patria Potestad” a los 17 años, de la “pareja tóxica”, como se les denomina.
Un adolescente desde los 16 años se siente libre, soberano, cree que sabe lo que quiere, dónde ir, con quién, y no escucha ni recibe consejos.
La Patria Potestad no puede llegar hasta allí. El hijo se siente mayor y no obedece.
Se hizo un plebiscito para intentar bajar la edad de minoridad a los 16 años. ¿Y qué paso? Vivimos por suerte en una democracia, y ella solo falla cuando la mayoría se equivoca. La mayoría dijo No, y perdimos democráticamente los que dijimos que Sí.
Todo siguió igual, minoridad hasta los 18 años, responsabilidad legal y hasta penal de los padres hasta esa edad. Y sabíamos que desde los 16 no nos escuchan. Prefieren equivocarse solos. Y saben, muy bien distinguir entre lo correcto y lo incorrecto, pero son inimputables por minoridad. Y los padres, responsables de lo delictivo en que incurren.
El error radica en que no se adecuaron los procedimientos, como las tobilleras electrónicas y otros, que aseguraran el distanciamiento del que se responsabiliza a los padres. Quizás entonces, de haberlo corregido, se hubiera podido incidir en la protección necesaria, y probablemente estas dos familias no estarían enlutadas.
Sra., quiero recordarle que el estrés mata y que Ud. tiene aún alguien que depende de Ud. Y es muy importante para Ud. Y sufre con Ud. la pérdida de su hermanita. Es alguien muy importante por quien vivir y ambas se necesitan más que nunca; ¡por favor refúgiense una en la otra!
Yo, por surte, creo en Dios, pienso que Valentina es un ángel que Uds. tienen en el cielo, y que Dios con su gran bondad, junto a vuestro inconmensurable dolor y el mío, nos mandará resignación.