Eduardo Sellanes Iglesias | Montevideo
@|Wilson Ferreira Aldunate terminó convirtiéndose en algo más que un dirigente político. Fue sinónimo de autoridad moral, credibilidad y confianza.
Autoridad moral porque enfrentó a la dictadura cuando callar era más cómodo y más seguro. Credibilidad porque la distancia entre lo que decía y lo que hacía era mínima. Y confianza porque aun quienes no compartían todas sus ideas sentían que había en él una honestidad poco común en la política. Wilson podía equivocarse, como cualquier hombre. Pero transmitía algo cada vez más escaso: la sensación de estar frente a alguien auténtico.
Y fue así que un 16 de junio de 1984 regresaba del exilio. Para miles de uruguayos no volvía solamente un líder político. Volvía una referencia moral. Aquel día, el puerto de Montevideo y toda la Ciudad Vieja amanecieron militarizados. Había buques de guerra, helicópteros, patrullas, soldados armados y controles en cada esquina. La dictadura quería mostrar fuerza. Quería imponer miedo. Pero ocurrió algo que ningún operativo podía detener.
Y la gente se volcó a las calles. Había blancos, colorados, frenteamplistas y también muchos que ya no respondían a ninguna bandera partidaria. Había hombres y mujeres comunes. Familias enteras. Gente que simplemente sentía que estaba viviendo un momento histórico. Wilson llegaba en el Vapor Mar del Plata acompañado por su familia, militantes y periodistas. Y mientras el régimen levantaba un escenario de intimidación, el pueblo levantaba otro muy distinto: el de la esperanza.
Wilson con su campera clara. Los brazos en alto. Y un país entero reconociéndose en esa imagen.
Apenas pisó tierra fue detenido y trasladado al Cuartel de Trinidad. La dictadura creyó que encarcelando al hombre podía disminuir lo que representaba. Ocurrió exactamente lo contrario. Porque aquel 16 de junio muchos uruguayos entendieron algo que ya no olvidarían nunca: se puede militarizar un puerto, llenar las calles de soldados y encarcelar a un hombre. Lo que no se puede es apagar la dignidad de un pueblo.
Cuarenta y dos años después, aquella imagen sigue intacta.
Hay elegidos que ocupan un lugar en la conciencia de un pueblo. Y Wilson es uno de ellos.