Juan Pedro Arocena I Montevideo
@|¡Feliz año! Desde luego, pero además de feliz, deberá ser un año de otro triunfo de la CR. Y no me estoy olvidando que en toda democracia es recomendable la rotación de partidos en el poder. Tampoco dejo de tener presente que la construcción del poder en democracia obliga a los gobernantes, en su praxis, a moderar los modelos ideológicos que inspiran a sus respectivos partidos. Una característica de las democracias en general pero particularmente de la nuestra, que hace concluir a muchos que estamos en un país en donde impera una medianía social-estatista de centro, cualquiera sea la coalición de partidos que esté en el gobierno. Y aunque es evidente que algo de eso hay, ello no nos puede llevar al disparate de que “todo es igual, nada es mejor”. Porque el venturoso futuro de una sociedad no se modela solamente desde los programas de gobierno más o menos moderados sino que depende, aun en mayor grado, de los paradigmas, de los ideales, de los objetivos, de los proyectos del mayor número y del imaginario colectivo; en otras palabras, de lo que aspiramos a ser como nación. Y allí es donde se advierte que la grieta ideológica que nos afecta, dista mucho de ser la recomendable para que opere cierta indiferencia ante el triunfo de cualquiera de los polos que se enfrentan en la arena política. La alternancia de partidos en el poder debe verificarse entre adversarios, no entre enemigos. El mero término “enemigo” es de por sí antidemocrático, porque quien así considera a su oponente, no busca consensuar o encontrar puntos de contacto; por el contrario, dentro de esa lógica, toda construcción sólo será posible si es precedida de la derrota total, de la desaparición del oponente dentro del mapa político del país. El Frente Amplio en sus 15 años de gobierno, no condujo al país hacia el socialismo real. Ni siquiera se puede apreciar en ese período un avance de la estatización y hasta se llegó a privatizar una empresa pública. Pero la mayoría de la coalición de izquierdas está representada por partidos que siguen sosteniendo postulados tales como el marxismo leninismo, la lucha de clases, el socialismo real o la revolución social.
El marxismo leninismo es antidemocrático por definición, al proponer el odio de clases y el triunfo de una sobre otra. La revolución social es un concepto preñado de reminiscencias violentistas, de nostalgias guerrilleras, del foco, del tableteo de ametralladoras y de la toma del poder. Para todos los que vimos la caída del muro de Berlín, a partir de ese acontecimiento, el socialismo real pasó a representar la cárcel en la que determinadas tiranías encierran a sus pueblos para no permitirles huir de la falta de esperanza y someterlos dentro de esos estados policiales que fueran tan bien pintados en “La vida de los otros”. Se trata a esta altura de verdaderas taras ideológicas, atavismos que ya no representan nada bueno si es que alguna vez lo hicieron.
Para que el Frente Amplio sea de recibo como adversario y abandone la caracterización de “enemigo” en donde estos mismos postulados unilateralmente lo colocan, debe rechazarlos explícitamente y tomar el lugar de las socialdemocracias que han aceptado, también en su doctrina, la economía de mercado, la diversidad social, la competencia, la propiedad y la acumulación de capital privados. Sobre esas bases, poner énfasis en las políticas sociales, en determinada vocación del estado como conductor de la economía y en moderadas intervenciones en el funcionamiento de los mercados, los colocará en una vereda con la cual los liberales estaremos con frecuencia enfrentados pero como adversarios políticos, en un contexto totalmente democrático, construyendo juntos civilización y prosperidad.