Ya un año

Se cumple hoy un año de gobierno. Pasó rápido en el calendario y lento en las realizaciones. Muy poco, nada.

El año de la luna de miel fue amargo en los logros. Lo saben los uruguayos que extrañan la dinámica de un gobierno realizador, lleno de agenda y empujador de soluciones como fue el de Lacalle Pou. Lo saben también miles de votantes del actual gobierno que en las encuestas manifiestan desaprobación o muchos, con prurito partidario, se esconden en el “ni aprueban ni desaprueban” cuando se los consulta por la gestión.

Orsi viene mal, aún a plena canchereada. Es simpático, pero no alcanza para tapar la falta de rumbo y de decisiones. El gobierno está vacío de ideas positivas. Este año empezó siendo duro en enfrentamientos por una sencilla razón: quieren llenar con pelea la falta de agenda de gobierno. Sus sectores cautivos están insatisfechos y lo corren por izquierda, y por eso el gobierno les ofrece boxeo político. Las encuestas dan mal, los propios están enojados, los ajenos ni que tal vez, y al gobierno se le ocurre que la terapia es meter infantería. No construir, destruir.

Con eso ocupa titulares y minutos de medios, pero no genera ni empleo, ni inversión. Se acumulan noticias casi semanales de cierres de fuentes de trabajo y fuga de fábricas y emprendimientos. No mejora la seguridad pública ni la calidad de vida de la gente. Cuanto más vayan al barro, más lejos van a estar de la opinión pública.

Agrego como anotación al margen, que algunos encuestadores están construyendo un relato funcional al FA inédito. El discurso de algunos de estos analistas dice que el gobierno tiene desaprobación mayoritaria. Y agregan, para atenuar lo anterior: la oposición también. La pregunta se cae de madura: quién gobierna: ¿el gobierno o la oposición? El análisis parece querer ayudar al FA. Comparar aprobación de gobierno con la oposición, es comparar gofio con chancletas.

El espacio de decisiones que deja vacío el gobierno lo ocupa un discurso político-sindical de izquierda ortodoxa liderada por el comunismo criollo, pidiendo más impuestos y que el ministerio de Trabajo sea la imagen del ideario estatista, anti empresarial y anti privado, que intervenga las empresas en sus decisiones de gestión como la obligación del preaviso de despidos. El combo es letal para el empleo y la inversión.

Este año flaco de concreciones tuvo una tarea preponderante en el gobierno, destruir todo lo que pueda del anterior. Empezaron con el puerto, denunciando la extensión de la concesión de la terminal con denuncias penales, civiles y políticas. La justicia les dio un enorme cachetazo; no se dejó usar para fines políticos y archivó todo. Le dio la razón a los técnicos y jerarcas de nuestro gobierno. Siguieron con el proyecto Neptuno, con las patrulleras oceánicas, con el plan de saneamiento, con el plan de rehabilitación para liberados, con el programa “ni silencio ni tabú”. Mucha demolición insensata.

Esa lucha sin sentido positivo es la cancha donde un FA sin liderazgos ha desatado una carrera intestina por buscar futuros candidatos. A ver quién le pega más al gobierno anterior. Mientras, el campo de la vida real queda sin respuestas. El país es patológicamente caro y la falta de competitividad empieza a dejar las consecuencias obvias en fuga de inversiones y perdidas de empleo, y en una baja rentabilidad que plancha y deteriora el imprescindible crecimiento. Los sindicatos se empoderan con algunos ejemplos épicos de locura irracional.

La región, en la que nos creíamos los bendecidos por una institucionalidad fuerte y las garantías de un país serio, ya no nos mira con envidia, y Paraguay crece y compite mejor y Argentina empieza a salir de sus crisis sucesivas, Brasil ya sabemos las capacidades que tiene. Uruguay dejó de ser el bueno de la clase y la envidia que nos tenían empieza a sonar como aquello de la Suiza de América del siglo pasado, solo recuerdo.

En lo interno, lo único que no había que hacer lo hicieron: un presupuesto y un año de gestión de manotazos impositivos, de disputa ideológica entre la izquierda y la más izquierda y de un gobierno durmiendo la siesta en medio de un mundo que cambia cada 24 hs.

Nos preguntan en este escenario que debe hacer la oposición. Sencillo: no caer en ese relato falaz, buenista, de pretender que la oposición gobierne. Cada cual en su papel. Nos quejamos de que el gobierno no gobierna, sería increíble que nos tuviéramos que quejar de que la oposición no se opone cuando destruyen. Sería una traición democrática no representar a nuestros votantes.

Cada cual tiene que hacer bien lo que resultó de la elección y decidió la gente. Este año fue de retroceso. La oposición no puede tener dudas de su misión esencial, que es defender nuestros valores identitarios, las libertades y preparase para gobernar desde ya. No es tiempo electoral, obvio, pero sí político. No hacerlo es fallar, y de eso se encarga el gobierno.

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