La autoestima es importante, tanto para una persona como para un país. No confundir autoestima con autoengaños. En lo nacional la autoestima es una mezcla de autopercepción con auto realización, combinación de lo que al país le tocó en suerte (clima, ubicación geográfica, etc.) con lo que la sociedad ha logrado construir sobre esa base física y pasa a ser motivo de legítima satisfacción y orgullo.
La autoestima de los uruguayos ha ido cambiando; quizás no lo perciban los jóvenes pero resulta bastante claro para los mayores (yo soy del 35). Los que tenemos un largo tiro de recuerdos conservamos la memoria de haber vivido con un sentimiento de orgullo nacional naturalizado. Éramos -habíamos logrado constituirnos- como un país culto, de población universalmente alfabetizada y escolarizada con éxito: una sociedad equilibrada, sin contrastes de riquezas enormes y pobrezas extremas, en general adecuadamente puchereada, con una vida política civilizada, con rotación de gobernantes y elecciones limpias y, a pesar de pequeños, grandes en el fútbol.
A la izquierda de aquella época le fastidiaba (le rompía los esquemas) esa autoestima uruguaya; querían que nos reconociésemos en el lugar que según sus teorías nos correspondía, es decir entre los desangrados por las venas abiertas de América Latina. Que nos ubicáramos y nos sintiéramos como el cholo boliviano, el guajiro explotado por la United o el rotito chileno: en una palabra, como el resto de los países del Sur.
Pero no nos sentíamos así: el uruguayo medio tenía una relativa, moderada y justificada autoestima. Y digo bien: tenía. Tiempo verbal dolorosamente adecuado. Hoy hay dos motivos para esa mutación de la autoestima. Uno es la educación y el otro la seguridad. El ocaso de ambas.
Captar el nivel educativo de un país puede ser difícil; no hay más remedio que remitirse a las estadísticas, por ejemplo, en este caso, a las pruebas PISA. Uruguay solía figurar al tope, disputando los primeros puestos con Argentina o Chile. Ahora está al fondo de la tabla, apenas por encima de Haití. Los índices de deserción escolar son pavorosos. (El lector que desconfíe puede corroborar todo esto en Google). Y los alumnos que terminan los cursos tampoco han aprendido nada útil. (El lector desconfiado también lo puede corroborar en la calle todos los días).
En materia de seguridad vivimos como en Tijuana o como en Cali en los tiempos de Escobar. Basta ver los informativos de cada tarde. En Montevideo se registran proporcionalmente más asesinatos que en San Pablo. Pero la inseguridad no es solo que te asaltan por la calle en pleno día; también es que te asaltan en ciertas instituciones privadas donde los uruguayos colocan sus ahorros.
La autoestima de los uruguayos está hoy tan menguada porque todo esto -las ruinas de la educación y el desastre de la inseguridad- ha sido un proceso visible, prolongado durante años, acompañado de mucho bla bla y de lamentable modorra e incapacidad de reacción. No fue que nos tocaron las siete plagas de Egipto: estas miserias las dejamos crecer sin que se nos cayera la cara de vergüenza.
El Uruguay tiene urgencia en encarar esto. Si efectivamente un día se animase se va a topar con una dificultad: políticos de ambos lados que verán allí solo una ocasión para la descalificación recíproca. (El orgullo de haber sido)…