Venezuela y la democracia liberal

Hebert Gatto

La propuesta de Hugo Chávez de candidaturas sin límites, ratificada por mayoría popular, ha generado confusión en observadores que ni siquiera se identifican con sus posiciones políticas más generales. Chávez sostuvo que la posibilidad de reiteración indefinida de las postulaciones otorga mayores posibilidades al electorado, que a partir de ahora cuenta con una opción de la que antes no disponía. De allí a concluir que la democracia venezolana terminó robustecida restaba un paso que muchos no dudaron en dar.

Sin embargo, el argumento presidencial, a primera vista convincente, resulta inaplicable a la democracia moderna, un sistema de convivencia político-social garantista, donde la soberanía radica en el pueblo pero bajo los presupuestos institucionales y derechos ciudadanos, aportados desde mediados del siglo XIX, por el liberalismo. Por más que ni la democracia griega más pura se basó en la soberanía irrestricta de la mayoría.

El liberalismo, surgido en la Inglaterra revolucionaria de mediados del XVII, aunque con antecedentes en el humanismo renacentista, supuso la valoración del individuo por sobre cualquier colectivo, otorgándole una panoplia ampliable de derechos, oponibles a todos, fundamentalmente al Estado.

Si bien enemiga de cualquier despotismo, esta concepción surgió con independencia de la democracia, olvidada hacia fines del mundo griego clásico, y mal mirada como régimen anárquico, durante los siglos por venir. Será luego de las revoluciones norteamericana y francesa, básicamente esta última, que la idea democrática comience a ser rescatada, al influjo, entre otras, de la secularización creciente y la convicción que si no era Dios, nadie sino el pueblo, podía ser titular de la soberanía y por ende, elector del gobierno.

El cruce entre soberanía popular, representación y derechos humanos, catalizó la síntesis de la que surgió la democracia liberal. A partir de ella, en un camino sinuoso pero ascendente, la soberanía debió reconocer la primacía de los derechos, incluyéndolos en un nuevo territorio, vedado incluso para los pronunciamientos populares. En una novedosa cartografía constitucional que amparada en la consigna que la democracia no se suicida, hizo de los derechos humanos y del derecho de las minorías a devenir mayorías, materia inderogable aún para el soberano.

Sin estos presupuestos institucionales la democracia difícilmente subsistiría. En su actual conformación le son esenciales el voto secreto, la limitación temporal de los mandatos, la imposibilidad de los titulares de ciertos cargos de realizar política partidaria o la prohibición de la reelección ilimitada. Por eso, la democracia es mucho más que un régimen que implica elecciones y referéndums periódicos.

Hugo Chávez, que destrata a sus adversarios políticos, poco le inquieta que un grupo de gobernantes aposentados en el poder -pese a ser electos-, instauren un clima cultural regimentado, digitando a su favor los pronunciamientos ciudadanos. Al contrario, sustenta su populismo clausurando medios de comunicación. De hecho, a pasos, se aproxima cada vez más a la llamada "democracia totalitaria", la oscura pesadilla del liberalismo. Por algo será.

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