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Vacunados y no vacunados: dos mundos

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gina montaner
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Veo en Twitter imágenes y vídeos de locales en Nueva York llenos de gente. La mayoría de los establecimientos exige prueba de vacunación para minimizar los riesgos de contagio que, de haberlos, conllevaría menos probabilidades de hospitalización y muertes.

Es verdad que todavía queda un camino por recorrer para que de modo global la pandemia se diluya, pero en los lugares donde las políticas de mitigación y campañas de vacunación han sido consistentes se comienza a experimentar una vida que se asemeja a los tiempos pre Covid-19. Sin duda, no es lo mismo Massachusetts o el propio estado de Nueva York que Alabama, Texas o Florida, donde en estos momentos las unidades de cuidados intensivos están ocupadas principalmente por personas no vacunadas que se infectaron.

Desde que estalló la propagación del virus la división ideológica-cultural no ha hecho más que agrandarse y las consecuencias están a la vista: de aquel Nueva York asolado por la muerte en los primeros meses quedan las cicatrices de la pérdida humana y el confinamiento, sobre todo en urbes como Manhattan y otros distritos que por su alta densidad poblacional sufrieron sobremanera la llegada del astuto coronavirus.

Pero la concientización social puso en marcha el consenso colectivo de que sólo la vacunación masiva contribuiría a acabar de una vez con esta pandemia, tal y como en el pasado sucedió con la polio y la viruela. Hoy la mayoría de los neoyorquinos exhibe sus “pasaportes” de vacunación sin mayores contratiempos.

Ya podemos hablar de dos universos bien distintos: uno se apoya en la relativa tranquilidad que proporcionan los datos científicos, los cuales apuntan a la efectividad probada de las vacunas para evitar enfermedad severa (la edad media de hospitalización entre vacunados es de 73 años y con condiciones médicas pre existentes) en caso de que se produzca el contagio.

En cambio, en el otro universo se corre el riesgo de caer en el túnel de los síntomas ya conocidos y temibles: la falta de oxígeno, el colapso de los pulmones, traqueotomías o intubaciones como último recurso para salvar un organismo debilitado por las variantes que se albergan donde no hay barreras inmunológicas para combatir el virus.

En Nueva York, Israel (donde la tercera dosis de refuerzo se está administrando desde agosto), o en gran parte de Europa (con los países escandinavos casi viviendo en feliz etapa pre pandémica) hay un retorno a esa vida que hace casi dos años se paralizó porque los índices de vacunación total de la población superan el 70%.

O sea, se van acercando a esa inmunidad de grupo que es el Santo Grial contra la pandemia. En Estados Unidos, sin embargo, la vacunación total es algo más del 50%, una cifra mucho menor de lo que cabía esperar en una primera potencia donde las dosis de Moderna, Pfizer y de Johnson & Johnson sobraron desde el principio, cuando el resto del mundo iba por detrás y la muerte le pisaba los talones.

Conviene recordar los tiempos de las burlas contra el panel de expertos médicos de la Casa Blanca, la propaganda de productos desinfectantes para combatir el coronavirus y un presidente que se vacunó en medio del secretismo. Era el final de la administración Trump y esa estela tóxica avivó el galimatías de la feroz brecha ideológica en la que el país hoy se ve sumido. ¿Quién podía anticipar que habría dos mundos paralelos y condenados al desencuentro? Dos formas de encarar la vida y también la muerte.

Hasta que al fin se consiga erradicar el Covid-19 por medio de la inmunización global habrá altibajos, incluso en las poblaciones altamente vacunadas. Pero hasta entonces será considerable esta disonancia. Hay familias con miembros que se mueren o están en la UCI por haberse negado en redondo a inmunizarse. En los trabajos conviven vacunados con aquellos que se resisten a hacerlo. En los viajes internacionales ya hay dos categorías diferenciadas entre quienes portan certificado de vacunación y quienes no lo tienen.

En las redes sociales hay discusiones encendidas en torno a todo tipo de teorías de conspiración y desinformación que vienen a suplantar descaradamente la evidencia científica que avala desde hace tiempo los beneficios de las campañas de inmunización. La charlatanería más peligrosa en boca de médicos de dudosa reputación y políticos que explotan el populismo restándole importancia al esfuerzo de la vacunación.

Veo los vídeos de bares y restaurantes llenos de comensales disfrutando como lo hacían antes. También veo vídeos de hospitales desbordados y testimonios de enfermos sin aliento que, tal vez muy tarde, dicen estar arrepentidos por no haber seguido las recomendaciones sanitarias. Luces y sombras.

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