La orden del presidente de firmar la declaración de la OEA contra la invasión rusa a Ucrania (cosa que Uruguay había rehuido hacer el día anterior) no solo enderezó ese confuso episodio.
Sino que estableció en forma inequívoca que en este tema Uruguay condena la agresión y se alinea sin ambigüedades con las democracias occidentales.
A este gobierno la suerte le ha sido esquiva. La pandemia sacudió su programa de gestión desde el primer día. Ahora, cuando acelera su estrategia para buscar nuevos mercados, la invasión a Ucrania cambia radicalmente el mapa que pretendía explorar y lo obliga, irremediablemente, a revisar su estrategia.
En este contexto, no sirve el estilo con el que se venía conduciendo la Cancillería. Necesita otra sensibilidad; reflejos rápidos y sabios. Lo ocurrido en la OEA no puede repetirse. Fue imposible entender por qué, si Uruguay se pronunció el día antes en forma clara respecto a la invasión, rehusó firmar una declaración de la OEA escrita en el exacto mismo tenor. Algunos dan razones formales: que la OEA vota resoluciones pero no firma declaraciones, que su área de competencia es la región y no el resto del mundo, que había que estar atento a lo que dijeran Argentina y Brasil. Son solo excusas que se diluyen cuando se viven momentos de extrema excepcionalidad. Quizás por eso, al recibir instrucciones que al embajador Washington Abdala seguramente le resultaron extrañas, las quiso equilibrar con una declaración suya que enfáticamente se alineaba con lo que desde Montevideo se había dicho el día anterior, como queriendo explicar que no se firmaba pero la postura se mantenía.
La corrección del rumbo ordenada por Lacalle Pou, eliminó todo atisbo de duda: el agresor es Rusia y decirlo implica alinearse con la visión occidental.
Una fecha clave en esta sucesión de hechos fue la del 4 de febrero cuando Vladimir Putin y Xi Jinping sellaron una sólida alianza en el momento en que Rusia desplegaba sus tropas alrededor de Ucrania. Mientras lo de Rusia quedaba solo en amenaza, la profundidad de ese entendimiento era difícil de calibrar. Ahora que la agresión se concretó, no. Para Uruguay, las conversaciones con China dejan de ser una mera discusión sobre productos y aranceles y adquieren un inevitable tinte político. Algo que a Uruguay ni le sirve ni lo quiere.
Muchos países desearían que sus acuerdos de libre comercio fueran con las democracias desarrolladas. El problema es que ellas son bastiones proteccionistas y eso obliga a buscar otros mercados, por lo general naciones gobernadas por déspotas. Uruguay avanzaba en sus conversaciones con China, envió señales a Turquía y a Catar e intenta seguir en esa línea: ahí están sus posibilidades.
Mientras la convivencia con lugares así es tensa pero pacífica, las inversiones y relaciones comerciales y financieras fluyen pese a las diferencias de régimen. Pero cuando un conflicto como el presente obliga a un alineamiento tan tajante, las cosas cambian.
El episodio de la OEA mostró a una Cancillería que no calibra la inmensidad de la invasión rusa y cómo ubicarse ante ella. ¿Por qué había que atenerse a lo que hacían los vecinos? Con el conflicto ya en ciernes, Alberto Fernández llegó a decirle a Putin que Argentina se ofrecía como su puerta de entrada a América Latina. En vista de la guerra desatada, su insólita postura se transformó en un planteo macabro.
Esta guerra es cosa seria y va más allá de la sensiblería que muestran las redes. Se cantan canciones como “Give Peace a Chance” de Lennon, se habla del “monstruo grande que pisa fuerte”, se pide hacer ayuno y orar por la paz y se reflexiona sobre la guerra como si fuera una calamidad que cae desde lo alto.
Esta guerra la empezó Rusia. Es Putin quien agrede e invade Ucrania, país que ni pensaba atacar a Rusia como tampoco lo pensaba la OTAN ni Estados Unidos que explícitamente dijo que aun en caso de ataque no respondería en favor de Ucrania. La empezó Rusia porque se le antojó que Ucrania es suya, el mismo país que Stalin, en forma despiadada y deliberada llevó a una hambruna que dejó millones de muertos.
Solo hay una manera de pararse ante la nueva realidad y si ello enlentece proyectos que Uruguay tenía en marcha, como los acuerdos comerciales, no habrá más remedio que asumirlo.
La Cancillería necesita un urgente ajuste en sus métodos de trabajo con un liderazgo interno coherente y firme. Justamente por ser Uruguay un país chico y de presunto escaso relieve en el escenario mundial, su diplomacia debe funcionar de modo aceitado y sin tropiezos.
Es verdad que en temas de política exterior el presidente tiene una voz fuerte. Pero ante cada posición asumida, de inmediato los equipos ministeriales deben consolidarla. El presidente conduce esa política, pero los expertos son los diplomáticos y tiene que haber una perfecta sintonía entre ambos.
Con la rectificación del presidente quedó claro que Uruguay está del lado correcto, con las democracias occidentales y a favor del derecho de las naciones a existir.