Mientras los obuses siguen machacando Gaza y Rusia continúa destrozando a Ucrania, Donald Trump anuncia, como consecuencia de su personalísima intervención, una tregua entre Israel e Irán. Aun así seguimos al borde de una tercera guerra mundial con todo lo que ello supone.
Resulta irónico que luego de más de cuarenta o cincuenta mil años de avance civilizatorio, lo más destacable de este incesante progreso, es la posible desaparición del ser humano en un aquelarre atómico. Un proceso donde los deslumbrantes logros materiales de la especie surgen acompañados por un aumento simultáneo de sus chances de autodestrucción. Desde el fuego cavernario a la fisión atómica. Contradictorio resultado que los griegos simbolizaron en Prometeo, un inmortal incesantemente castigado por su imprudencia al dotarnos de la atrevida facultad de conocer, un irredimible pecado contra la naturaleza.
Habitualmente se repite que la actual situación bélica se asemeja a la de los años previos a la primera guerra o incluso a los proemios de la segunda, repitiendo las condiciones que las hicieron posibles. Esa apreciación constituye un error. Fuera de la común alarma y el desasosiego que todo conflicto genera, el entorno de entonces era otro. En la primera guerra lo que más destacaba era la rivalidad entre el poderoso imperio alemán (privado mayormente de colonias), el desarrollo de Francia y del imperio marítimo inglés, los estertores de los dominios turcos, las turbulencias de los Balcanes y las apetencias centroeuropeas del zarismo ruso, mal recibidas por los germanos. En la segunda, ya en auge el nacionalismo expansionista del fascismo italo-alemán, la resistencia contra el resultado, visto como injusto, de la pasada contienda, el generalizado temor a los bolcheviques y la creciente confrontación ideológica, nada ajena al desarrollo económico de los EEUU, constituyeron sus factores constituyentes. Hoy, en múltiples aspectos, las condiciones han variado y son considerablemente más trágicas.
La Federación Rusa, liberada de sus compromisos ideológicos, aparece, como lo hizo el zarismo, ansiosa de expandirse por Europa, bajo la amenaza de su poder nuclear y ya no es aliada de Occidente. China, ausente o víctima en los anteriores conflictos, irrumpe como potencia capaz de disputar primacías científicas y militares. Los países islámicos, relegados desde su derrota en el centenario declive del Imperio Otomano, reclaman igualmente su lugar en el mundo. Algunos de ellos, como Irán, junto a innúmeras sectas musulmanas, plagadas de fundamentalismo teológico sufriendo lo que entienden la humillación que supuso la creación del Estado de Israel en 1948 por parte de Naciones Unidas. Este último, surgido en gran medida ante el indignante desastre civilizatorio que supuso la Shoa, en un territorio que los judíos, particularmente los religiosos siempre reivindicaron, pero que les era ajeno por casi dos milenios.
Razón por la cual la mayoría palestina y los estados árabes circundantes, indignados por lo que asumieron un despojo de sus derechos, se rehusaron a la aparición de un estado palestino paralelo al judío y comenzaron por años sucesivas guerras que perdieron en serie. Para ellos ese error, desde su óptica entendible pero militarmente erróneo, constituye la fuente de la actual situación. Con el paso de las décadas y la progresiva renuencia, no unánime, de la democracia israelí a la creación de dos estados, los palestinos terminaron gobernados por una facción terrorista, dominada por un fundamentalismo islámico de notorio espíritu vengativo. Con ese ánimo y la ayuda de Irán, en octubre del año pasado atacaron a su enemigo de la peor manera. Hoy sufren las consecuencias de su inconsistente estrategia fundada en argumentos coránicos que en traducción ideológica parte de la izquierda mundial adoptó como propia, universalizando el actual conflicto. Fuera que ello no justifique las decenas de miles de muertos de civiles palestinos que se permite el actual gobierno israelí. Aun cuando hayan sido los propios palestinos quienes en su impotencia eligieron terroristas para su gobierno local.
A estos complejos precedentes, donde también intervinieron en sus comienzos ingleses, franceses y rusos zaristas, impulsados por sus intereses imperialistas (Tratados Sikes-Picot-Sasonov de 1916), se sumó luego, como ya dijimos, la legítima reacción universal ante los seis millones de judíos inmolados por la inhumanidad nazista secundada por el secular antisemitismo europeo, motivando, como tardía reacción reparatoria, la creación del Estado de Israel.
Todos estos son antecedentes que quizás ya no importen. Como poco tampoco parezca importar demasiado el análisis sociológico o politológico de lo que está ocurriendo. Ocupaciones analíticas de un pasado superado. La guerra y la paz, antes de compleja explicación, están hoy en manos de Donald Trump. Un personaje inimaginable hace unos años que maneja el gobierno de la primera potencia mundial como un detalle más de sus imprevisibles estados de ánimo. Capaces de generar “hermosos ataques” a países extranjeros, anunciar que matará o dejará continuar con vida a mandatarios extranjeros, avisar que atacará o perdonará a terceras naciones y por sobre todo, que dispondrá del orden mundial atendiendo a los fantásticos intereses de su país, tal como él y solo él los entiende. No se trata, téngase claro, de un racista clásico o un fascista integral (ni siquiera es antisemita), sí de un xenófobo absoluto que exhibe sin pudor un principio ético fundamental y previo: “America first”, luego, muy luego, “in second time”, los intereses, si es que existen, del resto de los mortales. Una privatización del futuro humano en manos de un único individuo de humores cambiantes, por momentos ignotos.
Resulta insólito que a esto hayamos llegado en más de veinte siglos. Al tiempo que incomprensible que una mayoría del pueblo norteamericano, históricamente fundamental en la creación de la democracia y los derechos políticos, negando sus tradiciones y destrozando sus valores constituyentes haya sido capaz de elegir esta inasumible figura, poniendo en peligro la supervivencia de la humanidad. Quiera la suerte que todo esto pase como un mal sueño. Lo que no hay duda es que vivimos un trance que por su magnitud no tiene antecedentes históricos.