Un tiempo de crueldad y de envilecimientos

“La sola idea de que algo cruel pueda ser útil, es de por sí inmoral”, dijo Cicerón en uno de sus tantos discursos en el Foro romano. Sólo cabría agregarle que considerar útil un acto cruel es también una crueldad, además de algo inmoral.

El desenfreno de la crueldad intoxica y degrada a las sociedades. Eso se vio en la tragedia argentina que comenzó hace exactamente medio siglo. Además de criminal, aquella dictadura fue inmensamente cruel. Mortificó despiadadamente a sus víctimas directas, las miles de personas que secuestró, torturó y asesinó, mortificando también a sus víctimas indirectas: los familiares y amigos de los torturados, asesinados y desaparecidos.

La dictadura fue el desenfreno de la crueldad. Había que remontarse a las guerras decimonónicas entre facciones para encontrar tanta saña. El ejército se criminalizó al responder con secuestros, torturas, violaciones, robo de bebés, asesinatos y desapariciones a los crímenes cometidos por organizaciones armadas.
Fue un océano de dolor el que causaron el general Videla y los demás represores. Que a diferencia de la dictadura argentina, el régimen de Pinochet haya tenido lo que puede considerarse un éxito económico, no rebaja la crueldad de sus crímenes ni de quienes los consideraron necesarios y útiles para hacer avanzar la economía chilena. Siguiendo al filósofo y jurista que escribió “Del Sumo Bien y el Sumo Mal” en el siglo I antes de Cristo, aplaudir a Pinochet por sus éxitos económicos y a los genocidas argentinos por haber derrotado a las criminales organizaciones armadas que antecedieron a la dictadura, es “inmoral” y además es cruel.

“En algo habrá andado” fue la frase que retumbó en aquella Argentina sombría. Esa sentencia implicaba complicidad con las atrocidades que cometía la dictadura. La incultura institucional ya era visible. Buena parte de la dirigencia democrática aceptaba un golpe de Estado como solución al fracaso de un gobierno. Pero la dictadura que comenzó el 24 de marzo de 1976 implicó tocar fondo.

Esa tragedia sumó un crimen más y otra postal desoladora: la Plaza de Mayo colmada y aclamando la operación militar ordenada por Galtieri en Malvinas. El último crimen de la dictadura fue enviar miles de jóvenes pobremente pertrechados y sin el adiestramiento necesario, para una aventura negligente. A pesar de la razón histórica y geográfica que asiste a la Argentina, aquel régimen actuaba en defensa propia.

Cuando un Falcon verde se llevaba encapuchado a un vecino, aún sabiendo que no era una detención sino un secuestro, siempre había una voz diciendo “en algo habrá andado”. Otro paso en la degradación que causó al país aquel momento oscuro.

Perón regresó con la intención de promover la unidad nacional junto con viejos adversarios, como Balbín, pero el Frankenstein que había creado para combatir a los anteriores regímenes militares ya no le respondía.

El asesinato de Rucci fue la forma criminal de avisarle al general que debía obedecerle. Y la reacción del líder fue dejar que personajes deleznables como López Rega armaran a la ultraderecha peronista para que lo extermine.

El baldío político que dejó la muerte de Perón, el desgobierno de su viuda, y la ausencia de una oposición capaz de reemplazar ese gobierno fallido mediante instrumentos institucionales, sumado a la violencia mesiánica de los grupos armados, abrieron las puertas del infierno.

Lo que vino fue siniestro. El régimen lanzó chacales a saciar sus instintos retorcidos secuestrando, violando, torturando, asesinando y haciendo desaparecer cadáveres.

Fue alentador que se recuperara la democracia de la mano de Raúl Alfonsín, quien generó cultura democrática y de los Derechos Humanos. Hubo un retroceso cuando Menem indultó a los criminales que, aunque salvando las diferencias entre terroristas de Estado y simples terroristas, había en ambos bandos. Néstor Kirchner dio un paso positivo al anular los indultos a los militares, pero fue negativo que mantuviera los indultos a las organizaciones armadas.

También lo fue que el kirchnerismo bastardeara los DD.HH. al convertir a las Madres de Plaza de Mayo en brazo de su movimiento.

El uso político de esa entidad fue señal de que la dictadura envileció la política y debilitó la cultura democrática. Algo que sigue vigente con un presidente que reivindica aquella oscuridad, gobierna con ideologismos extremos, fomenta el odio político y postula la crueldad social como fórmula para el desarrollo económico.

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