Cuando llega fin de año, el mundo puede dividirse en dos clases de personas. Unos lo viven con urgencia, con adrenalina, incluso con un cierto idealismo, casi deseosos de que detrás del último día del calendario haya un nuevo comienzo. En este grupo, el cambio de fecha trae el convencimiento de que dentro de cada uno está la capacidad de resetearlo todo.
Hay otro grupo en el que no hay urgencias, sino más bien desdén. Nunca sabré cuánto de eso es impostado. Estos ciudadanos encuentran el final de año sin apuro. Van llegando a él sin demasiada expectativa: miran desde la platea la locura de la última hora de diciembre, la alegría programada, los saludos convencionales. Así mira mi generación a la política. Hay, por un lado, la ansiedad de lo inmediato: la promesa de soluciones rápidas y la ilusión de que todo puede resetearse de un momento a otro. Por otro, una indiferencia cada vez más cómoda -e indudablemente más uruguaya- que observa la escena pública con ironía y descreimiento, sin involucrarse.
Para ver la película y no solo la foto hay que tomar distancia y, por lo tanto, tiempo. Una generación está lejos de constituir un conjunto uniforme. Mi generación es, quizás, una generación con menos independencia económica en general y con menor protagonismo en el devenir político del país. No creo que sea un fenómeno local: la juventud no escapa a la dispersión que atraviesa a otras tantas categorías que antes explicaban mejor la realidad.
En estos días me crucé con un video de Vale Sulca, una veinteañera como tantos otros jóvenes en Uruguay, parte de una generación que dedica esta etapa de la vida a intentar insertarse o crecer en el mercado laboral, en un país de bajo crecimiento, escasa inversión, problemas en el sistema educativo y un desempleo juvenil que continúa muy por encima del promedio.
Conocida por sus entrevistas en la calle, en ese ejercicio se expone ella, pero, sobre todo, logra exponer la realidad de un sinfín de uruguayos que transitan y habitan -mayoritariamente- las calles de Montevideo. Enfoca sus rostros y sus gestos, abre una rendija para ver cómo son, quiénes son, de qué viven, qué les duele, qué celebran, qué les importa, cómo trabajan, se enferman, se endeudan, se piensan.
A veces pienso que la tarea que viene se parece mucho a ese gesto: contemplar -no simplemente mirar-; ver. Escuchar -no posar escuchando-. Que la cámara de la política enfoque al protagonista real.
Todo nuevo camino tiene un origen. Si hasta ahora a nadie le llama la atención la forma en que el país espera soluciones mientras sobrevive en una indiferencia perenne, tal vez debamos aspirar a que sí lo hagan quienes estén -o estemos- llamados a asumir responsabilidades en un futuro mediato.
El tiempo pasa y, para no ser tan dramáticos, nos regocijamos en la estabilidad. Cuando logremos apreciar que lo necesario es ensayar un camino distinto, ya habrá hecho su daño este sonambulismo inconsciente y esa convicción puramente instintiva de que nada cambiará y nada puede cambiar en este Uruguay que se cree solidario, aunque convalida transferencias de ingresos y de costos profundamente regresivas, siempre a costa de los mismos.
Pero nunca es demasiado tarde para discutir los dogmas que nos han traído hasta acá.