La inauguración del puente en La Charqueada fue un hito. No sólo porque representa un cambio de vida para miles de personas, para la economía de una zona postergada del país. Ni siquiera porque fue el cumplimiento de una promesa electoral por parte de un dirigente político. Lo fue, sobre todo, porque mostró lo viva que está en el país una forma bastante negativa de entender cómo funcionan la sociedad y la economía.
Y no hablamos aquí sólo del histórico quiebre entre Montevideo e Interior.
“En Uruguay todos somos batllistas”, decía días atrás Javier de Haedo en el evento Balance Anticipado organizado por El País. Y no es difícil percibir algunos rasgos de esa mirada política, al ver las reacciones negativas de muchos dirigentes políticos y comentaristas frente al episodio.
Que se gasta plata para satisfacer a la base rural del gobierno, que se tira dinero en algo que va a beneficiar a poca gente (más o menos tres años del presupuesto de TV Ciudad, que beneficia... ¿a cuántos?). Que esa obra la deberían pagar los estancieros y arroceros, que son los que le van a sacar jugo económico.
Esta última reacción es tal vez la más ilustrativa de lo que queremos resaltar. Existe una cantidad de gente en Uruguay, sobre todo en la zona metropolitana, que cree que el agro es un sector favorecido por la naturaleza. Y que el gobierno, lejos de invertir o apoyar con recursos a este rubro, debería sacar tajada de allí para subsidiar a sectores de la economía que no son competitivos.
A ver... alcanza prestar atención a lo que pasa en Argentina con las retenciones a las exportaciones y ese tipo de cosas, para ver justificaciones claras de esta forma de ver el mundo. Que en Uruguay no son más explícitas, o no se convirtieron en decisiones políticas, justamente por la mala imagen que el kirchnerismo tiene en nuestro país. Como puede dar fe el pobre Daddy Brieva.
Este tema coincidió con la salida de un documental llamado “Energía y libertad”. El mismo, disponible en Youtube, cuenta el proceso de auge y caída de la industria petrolera en Venezuela, y en particular los estragos que causó en la misma el chavismo. Sobre eso, no hay dos miradas: Venezuela tiene las reservas de petróleo más grandes del mundo, y Chávez decidió que el fruto de esa riqueza debía ser la palanca para que el estado potenciara el desarrollo del país. Veinte años después, Venezuela tiene tasas de pobreza africanas, y exporta apenas el 1% del petróleo mundial. Un quinto de lo que exportaba antes de la nacionalización.
Vamos a cubrirnos en salud, esto no tiene que ver con sanciones ni eso. Es que si no hay ganancia, no hay inversión. Y el estado gerenciando... alcanza ver lo que pasa con Ancap y el portland.
Pasa que, y acá nos ponemos el casco protector, el chavismo y el kirchnerismo tiene un punto de conexión con la mirada que impuso Batlle en la sociedad uruguaya. Esa de que el sector económico que tenía “ventajas comparativas”, debía subsidiar el desarrollo de otras que no gozaban de las mismas. Y esto no debía ocurrir de forma “orgánica” o natural, sino que el estado debía ser el árbitro que quita a unos, para dar a otros. En vez de apoyar al “malla oro”, construir puentes, y dejar que esa cabeza de pelotón tire del resto, el tema es sacarle fuerza, y repartirla a los que pedalean menos.
“Este modelo rentista tuvo algunos avances en salud, educación e infraestructura, pero fue tan frágil y dependiente de la volatilidad de los precios del petróleo, que generó una dependencia de los ciudadanos con el estado, creó una economía llena de controles y destruyó la iniciativa empresarial”, me decía esta semana Jesús Armas, uno de los realizadores del documental venezolano.
Algo muy parecido a lo que pasó acá, que mientras los precios de las materias primas que exportábamos estuvieron por las nubes, permitieron el florecimiento de un tejido industrial artificial, y de un pomposo “proletariado intelectual”, derrumbado como castillo de naipes cuando cambió el viento. Solo que nuestro sistema político era más sano, y la alternancia democrática en 1958 permitió liberar algo del vapor y evitó lo peor. Y, en defensa de Batlle, éste no tenía precedentes de fracaso tan tan obvios a la vista.
Claro que esa no es la historia hegemónica que nos cuentan los historiadores y economistas afines al FA, que insisten en que el batllismo fue maravilloso, y que la crisis de los 60 se debió a la rapacidad del “Uruguay conservador” y esas estupideces. Son los mismos que nunca van a reconocer que las tragedias de Venezuela y Argentina, tienen que ver con el mismo problema de base, sino que siempre son culpa de algún agente externo. Para terminar por lo alto este ar-tículo algo volado (incluso para nuestros estándares), es bueno recordar aquello de Bastiat: “El Estado es el gran ente ficticio por el cual todos buscan vivir a expensas de los demás”.