Un proyecto global

La semana pasada, más precisamente el martes 17, se conmemoró el "Día Mundial de Lucha contra la Desertificación y la Sequía" (Resolución de Naciones Unidas de 1994). Dada la gravedad del problema, hubiera merecido muchos más días de reflexión en el año. El que los desiertos avancen en vastas regiones del planeta es, por sí solo, muy preocupante, considerando que la población mundial crece de manera sostenida. Siempre ha existido el fenómeno natural de la desertización, responsable de la formación de los grandes desiertos del mundo. Pero también los seres humanos hemos hallado la forma de lograr lo mismo en suelos fértiles, a través de malas e irresponsables prácticas en el manejo de los recursos naturales. A este proceso lo denominamos desertificación. La escala del problema es enorme, aunque en general no lo percibamos por integrar una sociedad casi exclusivamente urbana. Para entender un poco más el concepto diremos que la desertificación no es simplemente el aumento en extensión de los desiertos. Se trata de un proceso de degradación de las tierras en áreas áridas, semiáridas y subhúmedas secas, por el cual desaparece la productividad del suelo como consecuencia de la pérdida de la cubierta vegetal, y con ello, la capa fértil del suelo que es la que tiene capacidad de retener la humedad. Sin esa cubierta vegetal, la capa de suelo queda expuesta a la acción de arrastre del viento y eventualmente del agua. ¿Por qué ocurre? En síntesis, sucede por efecto de las actividades humanas y por las variaciones climáticas. Una tercera parte de la superficie del mundo está amenazada de desertificación. Son hoy más de 250 millones de personas las que padecen las consecuencias de vivir en zonas que carecen de fertilidad y de agua. Lo preocupante es que el problema crece día a día. Cada año en el mundo se pierden por erosión entre 24 y 75 mil millones de toneladas de la capa superficial del suelo. Los expertos no se ponen de acuerdo en cifras más precisas, pero de cualquier modo, es evidente que se trata de un problema enorme para la humanidad. Para comprender la magnitud del asunto diremos que la formación de 2.5 centímetros de suelo puede llevar entre 100 y 2.500 años, según el tipo de suelo y las condiciones ambientales del lugar. Ante estos datos no es necesario realizar ningún comentario adicional. A nosotros nos toca este problema; no es exclusivo de los países con grandes desiertos. La desertificación avanza en todos los continentes, por una razón sencilla: en todos viven personas que trabajan la tierra y disponen del agua dulce. En Sudamérica la degradación del suelo afecta nada menos que al 14% del territorio, aunque de manera diferenciada, según el uso que se le da a la tierra. En tierras de cultivo el problema ha alcanzado al 45% de ellas; en suelos de pastos permanentes, al 14%, y en bosques, al 13%. ¿Dónde nos equivocamos? En las técnicas agrícolas —sobre todo si hay desnivel de terreno—, con el sobrepastoreo de los campos, el desmonte, los incendios de bosques y pastizales, la remoción de vegetación, el mal manejo del recurso agua que muchas veces termina provocando procesos de salinización de los suelos, y hasta la compactación del suelo por efecto a la maquinaria agrícola. Sin retención de humedad en suelo, perdemos la productividad agrícola de la tierra, se altera al ciclo hidrológico local y desciende bruscamente la diversidad biológica. El avance de la desertificación solo significa hambre y pobreza. Cuando echamos a andar este proceso, no se detiene ante nada, incluso avanza contra las exuberantes selvas tropicales lluviosas. Como no existe una solución mágica, la sociedad debe ser mucho más responsable en el manejo de la tierra, en el uso del agua y en el control de las emisiones al aire.

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