Un problemón

No sé si es que el final de año hace más difíciles las cosas o es que ciertas cuestiones empeoran con el tiempo, pero a mí me cuesta cada vez más entender al gobierno.

Partamos de una base conceptual: muchos le están errando con Orsi. Cometen el error imperdonable de menospreciarlo, ridiculizarlo, creer que su estilo es una falla comunicacional, o que no tiene idea de donde está parado. Creen que volverlo un meme lo minimiza. Y creo que ahí está el error, al menos desde mi punto de vista. Primero lo obvio, nadie con el perfil que quieren adjudicarle llega a Presidente de la República.

Segundo, no es solo improvisación, es cinismo. Cuando hay un método constante de quitarle valor a las cosas hay táctica. La del “tanteo”. La de tirar verdes para recoger maduras, como decía mi abuelo. Como si todo diera lo mismo en una cruzada relativista permanente.

Una vez es tirar lo del modelo Bukele y después recular en chancletas. Otra vez es lo de los presos de Domingo Arena. Otra vez es lo del modelo Medellín y la “pax narca”. Si pasa, pasa. Y sigue tanteando. Ha vuelto a la sociedad uruguaya y al sistema político un gran “focus group” al cual le tira temas para esperar su reacción. Y como a la semana siguiente tira otro, van apagándose. Es el mundo líquido del que hablaba Zygmunt Bauman, pero a la uruguaya, entre mate y mate.

Debemos dejar de ser reactivos a lo que saca de la galera una vez por semana. Estamos bailando al ritmo que ponen otros.

El estilo comunicacional del Presidente que tanto intriga a unos e indigna a otros sería anecdótico si no fuera una estrategia que genera desorden e incoherencia.

Ese formato del que él se jacta y dice que no cambiará genera inconguencias y deslegitimaciones. Cuando sale en una entrevista y dice que los juicios abreviados del Código del Proceso Penal son un “problemón” (que lo son) la reacción no se hace esperar ,pero desde sus filas, desde su circulo, desde el mismo piso de su oficina. En efecto, sale el Prosecretario Díaz a enmendarle la plana contradiciendo a su jefe, que además es el Presidente de todos los uruguayos. Quedan en un offside gigante que evidencia muchas cuestiones preocupantes.

Primero, si uno cree que es un problemón y otro no lo ve como tal, es imposible saber cuál es la lectura del gobierno en un tema tan delicado y que es indudablemente uno de los problemas vinculados a la seguridad ciudadana y población carcelaria. Es decir, queda la interrogante de qué es lo que piensan quienes gobiernan. Y si no tienen claro el diagnóstico, menos aún la solución.

Segundo, el Presidente queda desautorizado intelectualmente por quien debería ser su asesor.

Tercero, el asesor queda deslegitimado para impulsar reformas al Código del Proceso Penal (del cual él es originariamente responsable intelectualmente). Especialmente cuando es el Parlamento quien debe discutirlo. Es decir, carece de legitimidad de origen y de forma.

Cuarto, quedó en evidencia que el Presidente escucha en estos temas a otra persona con una postura radicalmente opuesta a la del Prosecretario. Alguien le habla al oído al mandatario y no es Díaz. Ese es otro problemón, especialmente para quien juega al Monje negro.

Mientras tanto el Ministro que debería ser la voz en estos temas observa este lío desde la tribuna. No sorprende, pero preocupa.

Los uruguayos necesitan respuestas, la seguridad debe ser parte de una política de Estado con grandes acuerdos políticos. Cosa que parece imposible si ni siquiera en Torre Ejecutiva se ponen de acuerdo entre ellos.

A todo esto, el estilo de conducción no ayuda. El “no es sencillo”, el “hay que ver”, el “es un tema”, el “es un problemón”, los permanentes “hay que estudiarlo”, los “pahhh”, son blindaje ante cualquier intento de profundidad en lo temas.

Ningún diálogo, al menos de los visibles, prospera con el Presidente más allá de pseudo diagnósticos o evasivas con cara de circunstancia. La postura de no tener postura. Ninguna conversación avanza al punto de la repregunta. Las segundas preguntas reciben segundas respuestas aún más vagas que las primeras y eso naturalmente desincentiva el avance de cualquier conversación. Es como jugar al frontón contra una red. Ni los más incisivos avanzan ante la actitud campechana y desnortada.

No sorprende, fue parte de la estrategia de campaña. Y funcionó, por algo es Presidente. Entonces, ¿por qué cambiar algo que funciona?

Mientras haya quienes sigan auto percibiéndose tan inteligentes que ven a Orsi y su estilo solo desinteligencia, la estrategia le seguirá funcionando.

Cuando empecemos a ver que esa actitud no es casual sino funcional, capaz empezamos a cambiar la pisada en la forma que se reacciona, y por lo tanto cómo reacciona la ciudadanía.

La gente empatiza con el atacado, con aquel al que minimizan y subestiman. Sin embargo la mirada es otra con quien se hace el distraído para pasarla bien. Una cosa es una cosa, y otra cosa es otra cosa.

Robert Greene en su libro “Las 48 leyes del poder” analiza estos fenómenos en su Ley Nº 21, donde con crudeza analiza la candidez para atrapar a los cándidos.

Nadie dice que la personalidad del Presidente sea impostada, pero sí creo que es sobreactuada y potenciada en ocasiones porque está calibrada en su funcionalidad.

Casi todos empiezan las frases diciendo “es un tipo macanudo pero”, como si hubiera una necesidad de aclararlo por culpa o vaya a saber qué. Nadie dice ni que sea bueno ni que sea malo. Porque además no importa a la hora de juzgar su accionar público. No es un concurso de simpatía o afabilidad, pero evidentemente esas herramientas las usa y mucho para blindar su gestión.

Cambiemos la óptica, si no va a ser un problemón.

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