Una serie de acontecimientos políticos y de la página policial en las últimas semanas, demuestra hasta que punto el narcotráfico y la actividades ilícitas que se desarrollan en torno de él, ocupan un lugar cada vez más importante en la agenda de los gobiernos. La situación no parece haber cambiado mucho desde el más reciente Informe Mundial sobre las drogas de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), que concluyó que “América Latina continúa sufriendo los niveles más elevados de violencia delictiva de todo el mundo, en gran parte causada por el negocio de las drogas”. A lo que agregó: “Europa también está experimentando una intensificación de los niveles de violencia relacionados con las drogas”.
La producción, transporte, distribución y consumo de la cocaína -la principal preocupación de nuestra región en esta materia- es una actividad transnacional que vincula regiones muy distantes entre sí. El elemento que impulsa el sistema es la gran diferencia que existe entre el costo de producción de la droga en las regiones andinas y el precio de menudeo del producto procesado, en sus mercados de consumo, en América del Norte y Europa. Todos los eslabones de esa cadena son importantes. Porque si la oferta es un elemento clave del negocio ilícito, también lo es su demanda que aporta el dinero que mantiene funcionando esta máquina infernal.
El informe de UNODC señala que el “número de consumidores de cocaína en todo el mundo ha seguido aumentado también: se estima que 25 millones de personas consumieron la droga en 2023, en comparación con 17 millones en 2013”. Los principales mercados siguen siendo América del Norte, Europa Occidental y Central y América del Sur. Es una demanda creciente y poco elástica.
Los carteles se sitúan en el centro de aquella cadena transnacional: conectan la oferta en algunas de las regiones más pobres de América Latina, con su demanda. Para UNODC, el mercado de la cocaína, “es el mercado ilícito de drogas que está creciendo con mayor rapidez” y es el escenario “de una competición brutal entre traficantes que trae consigo niveles impactantes de violencia”. La cual se está expandiendo a otras regiones, incluyendo países de Europa occidental.
La violencia, el síntoma que más llama la atención, no es el único problema. La organización de las cadenas de transporte y distribución de la droga, y los enormes beneficios que generan esas actividades, dice el informe, generan beneficios que “adulteran economías enteras en algunas pares de América”.
A lo que se suma, en algunos países, un tercer elemento: la corrupción del Estado encargado, precisamente, de combatir el narcotráfico. Lo que UNODC llama la “influencia del narcotráfico en la gobernanza y la geopolítica a lo largo de la cadena de suministro”. El famoso “plata o plomo” de los narcotraficantes colombianos.
Los Estados parecen tener serias dificultades para responder eficazmente a la dinámica de esta actividad ilícita que atraviesa fronteras políticas con gran agilidad. Gradualmente, lo que ha sido un tema policial se convierte en un desafío geopolítico que genera fuertes tensiones con institutos esenciales del Derecho Internacional. O, incluso puede derivar en un asunto militar.
Nos encontramos en una pendiente resbaladiza. Y peligrosa.