Un clásico cercano

Murió mientras escribía un relato, hace cinco años, Julio da Rosa, quien fuera presidente de la Academia Nacional de Letras del Uruguay y ganador del Premio Nacional de Literatura y asimismo del Gran Premio Rodó. Levantó el vuelo el 10 de noviembre de 2001 y, de esa forma, con su pluma, desapareció el último clásico de la literatura campesina uruguaya.

En 1999, cuando se otorgó el máximo galardón que se concede en Uruguay, el "Gran Premio Nacional a la Labor Intelectual", éste fue compartido por Julio da Rosa y Mario Benedetti. Uno y otro, conformaban, y así lo entendió aquel jurado (la moción la formulé yo mismo), una visión totalizadora de las letras de Uruguay: Benedetti, como abanderado de la literatura montevideana por un lado, y, por otro, Julio da Rosa, el escritor de los campesinos, del habitante de los pequeños poblados y de los hombres y las mujeres que sobreviven en los bordes de las ciudades del Uruguay profundo. Este era, precisamente, el mundo particular de este escritor atento a las disonancias y los repliegues del género humano, al que mostró con una sensual apreciación del lenguaje.

Nacido en 1920 en Treinta y Tres, pasó su infancia en el establecimiento rural de sus padres, donde nació su arraigo por temas, hombres y ambientes del campo, a los que, luego, retrató en una obra vasta, a través de cuentos, novelas y ensayos.

En su amplio quehacer se destacan piezas maestras de nuestra literatura como "El hombre flauta", la novela "Juan de los desamparados", la colección de relatos infantiles "Buscabichos" y el libro llamado "Ratos de padre". Julio da Rosa se radicó en Montevideo en 1939; fue el mismo año que Onetti escribió "El pozo" fundando la literatura de la ciudad. Julio da Rosa vino a la capital para iniciar estudios universitarios, que no terminó; atrapado por el abanico abierto de la vida, cursó diversos oficios e incluso ocupó una banca de diputado. Alejado, luego, de estas actividades, fue un escritor de tiempo completo. Julio da Rosa tuvo dos grandes maestros literarios: el narrador minuano Juan José Morosoli y, según contaba él mismo, William Faulkner, el novelista americano del profundo Sur. La técnica y los temas desarrollados se adaptaron al cuento corto (el espacio breve para él era también una ventaja) y a la novela. Así fue pintando la vida del campesinado con una sólida coherencia, social y humana, como lo hacen evidente sus novelas "Rancho amargo", "Mundo Chico", "Tiempo de negros", "Rumbo sur".

En 1999 dio a conocer sus "memorias novelizadas", con el título de "Tata Viejo" (libro que agotó varias ediciones) donde contaba, a la manera de un moderno Güiraldes, las andanzas por el campo de un abuelo y su nieto. Este libro es un hito en nuestras letras porque se aproxima cabalmente al efecto moral de la experiencia en sí, en las condiciones ideales que la experiencia nunca proporciona.

No quiso escaparse de la comunicación vital con los jugos del terruño y los comunicó trabajando con recuerdos, imágenes e impresiones. Los valores humanos eran de su incumbencia. Y ellos están presentes en sus páginas, que muestran a la gente sujeta a las circunstancias del mundo, tierno y cruel, en el cual les tocó vivir. Y, al cabo, esa fue su legitimidad, es decir, escribir sobre los misterios cotidianos de la vida, donde ningún instante es trivial.

RUBEN LOZA AGUERREBERE

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