Un año, entre las bombas

Al momento de arrancar a escribir estas líneas, Estados Unidos e Israel lanzan una masiva operación militar contra Irán. Y la pregunta repiquetaba en la cabeza, con el mismo efecto punzante del taladro de la obra de al lado (¡un sábado!): ¿vale la pena escribir algo sobre el año de gobierno de Orsi en un momento así?

Y la respuesta es sí. Un poco porque de lo de Medio Oriente todavía no hay insumos claros como para encuadrar un análisis útil. Y otro porque la suerte de vivir tan lejos de los lugares calientes del globo permite el confort engañoso de seguir sorbiendo de la bombilla y comentando sobre las últimas encuestas, mientras mantenemos un ojo en Sky News, por si se viene el Apocalipsis nuclear.

Y la encuesta de Opción difundida el viernes ha sido una señal de alerta roja para Yamandú Orsi, a días de su esperado discurso para conmemorar este primer año de gobierno. Según el sondeo, un 23% de los uruguayos aprueba la gestión del presidente, contra un 38% que la desaprueba.

Más allá de estos números, los peores de un mandatario en su primer año en mucho tiempo, lo que impacta es la rapidez del deterioro. En apenas tres meses, la desaprobación subió 8 puntos, y la aprobación cayó 5. ¿Qué pasa?

Tal vez la respuesta más simple sea que, justamente, no pasa nada. Más allá de las polémicas y revisiones de cuestiones del gobierno anterior, cuesta pensar en un proyecto, una reforma, algo innovador, que este gobierno haya ofrecido en este primer año. Incluso pensando en el discurso del lunes, donde se prometen anuncios importantes, lo único que parece estar sobre la mesa es el millonario proyecto de transporte del área metropolitana. Que, además, ha venido cosechando crecientes (y razonables) críticas en estos días.

Ahora bien, en defensa de Orsi hay que decir que nadie que haya seguido la campaña electoral puede sentirse muy sorprendido. Salvo por la promesa violada de no subir impuestos, el resto es lo esperable de un mandatario que no llegó al poder anunciando ningún plan innovador. Y que conectó muy bien con una sociedad que exhibe una autocomplacencia más propia de un país nórdico, que de uno donde la mitad de la gente no termina el liceo, las calles de los barrios más coquetos parecen el patio de Comcar, y la economía real muestra alarmantes signos de estancamiento.

En un país políticamente partido en dos, no es raro que una mitad de la gente critique al gobierno de la otra. En especial, cuando este se ha dedicado a desmantelar casi todas las reformas que hizo el previo, desde Arazatí a los cambios en la educación, pasando por la seguridad social o el tema de la libertad financiera. El problema es que buena parte de las críticas más duras vienen de su propio lado.

A los pocos meses de asumido Orsi, empezaron los reclamos de los propios frentistas sobre la falta de medidas “de izquierda”. Planteos del estilo del impuesto a los millonarios, el preaviso en los despidos, y cosas así. Los más sesudos analistas del arco frentista se muestran desencantados. Y las murgas han lanzado una batería de críticas a Orsi, por momentos casi, casi, tan hirientes, como si fuera de un partido tradicional.

En este tono hay un hecho que ilustra muy bien el problema. El tema de la marginalidad, la gente viviendo en la calle, y el clima tóxico de convivencia en la mayoría de los tejidos urbanos del país, crece y crece en el ranking de preocupación de los uruguayos. Lo cual ha llevado al gobierno a tomar ciertas medidas, tibias e incipientes, como retirar a algunas de estas personas de las calles, llevándolas a centros de apoyo en barrios menos céntricos.

La reacción de los sectores intelectuales y mediáticos frentistas ha sido de una crítica feroz. En la semana que termina se publicaron dos artículos seguidos en La Diaria, donde se acusa al gobierno poco menos que de fascismo, y de violar los derechos humanos. Todo con esa apelación a la emotividad exacerbada, el vocabulario de palabras compuestas y tono de superioridad moral que tanto define al “biempensantismo progre”.

Lo que resulta insólito de estas críticas, de este “fuego amigo” contra Orsi y el MPP es su hipocresía. Si esta gente quería un gobierno tanto más “de izquierda”, si los murguistas treintañeros querían una gestión más “audaz”, como dicen por ahí, ¿por qué no llevaron a Andrade de candidato? ¿Por qué no votaron a Cosse en la interna? Bien simple, porque perdían la elección. Si vos preferiste ganar, y en buena medida porque te permitía volver a disfrutar del calorcito del poder, andar despotricando ahora contra lo que votaste, parece bastante ruin.

Volviendo al mundo exterior, si comparamos todo lo que ha hecho Trump en su primer año de gobierno, cuetazos aparte, con lo que ha concretado Orsi, la diferencia es abismal. Si lo cotejamos con lo que prometió en campaña, con su tono y ambición programática, nadie puede sorprenderse.

Es como enojarse con el reflejo del espejo.

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