Ignacio de posadas
Los uruguayos nos hemos vuelto adictos a los temas viejos y recurrentes. Como la guerra de las patentes. O el cobro de la matrícula universitaria, que volvió a aparecer en estos días, sorpresivamente de la mano del Presidente de la República. Autoría que, sin embargo, no fue suficiente para evitar una dura réplica del Rector.
Al igual que el reiterado tema de las patentes, éste de la matrícula lleva siempre a discusiones apasionadas pero nunca a reflexionar sobre el fondo.
Veamos: o, mejor dicho, pensemos:
Antes de preguntarnos si corresponde o no que los estudiantes, o sus padres, paguen por sus estudios, debemos plantearnos cuáles son las premisas básicas del tema.
Ellas están en las respuestas a las dos interrogantes planteadas en el título.
En primer lugar, la Universidad de la República -hoy llamada Udelar- no pertenece ni a los egresados, ni a los funcionarios, ni siquiera a los estudiantes. Que a ellos les haya sido confiado el gobierno de la institución es otra cosa, de naturaleza muy distinta a la propiedad o titularidad y lo mismo cabe decir del hecho de ejercer ese gobierno bajo un estatuto jurídico de autonomía. Ambas soluciones son discutibles, sobre todo en la realidad actual y a la luz de los resultados producidos, pero de ninguna se sigue que los llamados tres órdenes tengan el dominio de la institución.
Cuesta un poco más entender, pero es igualmente crítico el hacerlo, que la razón de ser, el sentido de la institución tampoco está en esos sectores. No fue creada para ellos.
La Universidad de la República es de la sociedad Uruguaya pero, además, existe para la sociedad Uruguaya. Su fin no son los egresados, ni los funcionarios y ni siquiera, en puridad, tampoco son los estudiantes. No existe para los estudiantes.
Existe para brindarle al conjunto de la sociedad el beneficio de ciudadanos formados, que por su formación aporten al desarrollo del conjunto de la sociedad.
Si no se entiende esto, la discusión sobre un punto en la especie del género mayor se da en un vacío.
La sociedad financia a la Udelar para obtener un retorno social. Entonces, la pregunta correcta debe ser ¿qué ayuda más a ese fin, que los estudiantes paguen o que no paguen? Ubicados los términos podemos entrar en la discusión, aclarando suplementariamente, que la misma no debería ser "matrícula sí o matrícula no", sino gratuidad vs. onerosidad, ya que ésta puede revestir formas diversas, objeto en todo caso, de una discusión posterior y adjetiva, que sólo tiene sentido una vez resuelto la primera en favor de la onerosidad.
Personalmente, creo que la onerosidad es la mejor de las dos opciones, y ello por razones eminentemente prácticas: generalmente (aunque no siempre), quien debe pagar por algo tiende a preocuparse por obtener los mejores beneficios de la contraprestación y, además, a exigirlos. Atributos hoy inexistentes; lo que en buena medida explica la pobre perfomance de la Udelar.
Si compartimos esto, que no es más que sentido común, entonces podemos avanzar y ver de qué forma se puede concretar la onerosidad.
El Rector, no exento de maña, propone un impuesto a los egresados: fórmula ideal para hacerse de abundantes recursos sin la contrapartida de tener que rendir cuentas y responder ante interlocutores concretos. Hay fórmulas mejores. Como en tantas otras cosas que se discuten en nuestro país, también en éste la pólvora ya fue descubierta. A lo largo y ancho del mundo (en el que deben haber poquísimas universidades gratuitas) existe todo un abanico de fórmulas, que incluyen becas por niveles de ingresos, becas por excelencia y combinaciones de ambas.
No sé hoy, pero hasta hace relativamente poco tiempo, la composición socioeconómica de los estudiantados en las universidades privadas era igual al de la pública, dando un mentís al tan manido argumento del elitismo.
Pero, en definitiva, la gran virtud que tendría el zanjar de una buena vez "La Guerra de las Matrículas", sería que nos permitiría concentrarnos sobre lo verdaderamente importante: responder las preguntas del título.
Y así restituir el recto orden de las cosas, poniendo a la Udelar al servicio de la sociedad y no al revés, como es ahora. Mientras sus autoridades sigan creyendo que sólo responden a sí mismas y que acercarse a la realidad es un menoscabo, los millones de dólares que la sociedad aporta anualmente continuarán dándole escasos beneficios.