Hace un año, el presidente Trump arrasó con los principios que quedaban de la OMC con su “Liberation Day” donde impuso aranceles en forma discrecional país por país, aunque luego haya habido varias idas y vueltas. Presionó a Panamá, a México y a Canadá. Luego a la UE y a Japón. Acordó condiciones duras desde una posición de fuerza (es obvio, negociar en forma bilateral y sin la OMC conviene a los EEUU que tiene el “leverage” de su potencia económica).
Luego encaró una agresiva sucesión de operaciones unilaterales para eliminar algunos problemas crónicos, léase Venezuela, Gaza, Irán, tal vez Cuba. Acciones puntuales, por afuera de todo marco jurídico, sin autorización de sus propias instituciones y sin ningún acuerdo con sus aliados: capturó a Maduro y su esposa (aunque no terminó con la dictadura chavista), forzó un alto el fuego en Gaza y en junio 2025, junto con Israel, atacaron fuertemente al programa nuclear iraní.
Parecía que la llegada de un nuevo liderazgo a los EEUU, orientado a la acción y sin las restricciones de los debates políticos y los procedimientos jurídicos, nacionales e internacionales, estaba dando resultados. Más de uno empezó a evaluar positivamente este nuevo estilo agresivo, pero aparentemente efectivo. Se empezó a hablar del nuevo orden mundial. Se conoció un documento estratégico de la Casa Blanca que plantea un mundo dividido en zonas de influencia, aggiornando viejas doctrinas de corte imperial. Europa tendría que resignarse a entregar Ucrania, total o parcialmente. La Alianza Atlántica ya no resulta tan importante y la seguridad de Japón y Corea del Sur tendrá – siempre según esta nueva estrategia – que ser más claramente asumida por los propios interesados. En fin, una nueva visión donde importa el poder, más que los valores o una visión compartida.
La contienda estratégica, de largo plazo, sería con China, y se visualiza tecno-económica. EEUU tiene la energía de los hidrocarburos, la tecnología de las big tech y la IA. Serían sus palancas estratégicas. No depende tanto del petróleo del Medio Oriente, y su nueva abundancia energética le está permitiendo construir los data centers que pavimentarían la preeminencia de su IA. Los movimientos en la bolsa refuerzan este camino. La transición energética verde ya no importa, se trata de los hidrocarburos, que ahora tiene en abundancia, gracias al famoso fracking (“drill baby, drill”).
Por otra parte, EEUU necesita dejar de depender de Asia para fabricar chips, celulares, baterías y paneles solares. Las cadenas de suministro estratégicas deben ser reconfiguradas. No parece fácil, pero la intención es clara.
Y así todo parece encaminarse a una refundación del orden mundial, un gran plan, un “ajedrez en 3 dimensiones” que a muchos entusiasma.
Sin embargo, llama la atención la comunicación errática, los absurdos reclamos que luego se diluyen como el de subordinar a Canadá, apropiarse de Groenlandia; los mensajes duros sobre Ucrania y poca contundencia con Rusia. En lo interno, hay otros problemas: una inflación que no cede, una deuda que sigue exponencial, un mercado laboral débil. En lo institucional, permanentes ataques al Congreso, dudas sobre las elecciones, críticas a la independencia de los jueces, la falta de garantías con los inmigrantes, el descabezamiento de las FFAA, un recambio permanente de funcionarios. ¿Hay un nuevo paradigma, o más bien el obrar impulsivo y personalista de un presidente que no cree en reglas ni límites y no se deja asesorar? Se acercan elecciones de medio término, y las encuestas no favorecen al gobierno. En una democracia, el poder puede encontrar frenos.
Y en ese contexto, Trump se lanzó a una aventura mayor: la guerra contra Irán. ¿Tiene un plan, una estrategia, o se basó en impulsos, en el entusiasmo de sus éxitos anteriores? ¿Se trata de un camino real para terminar con la crisis crónica de Oriente Medio, para fortalecer a Israel, a los árabes aliados y destruir al régimen iraní que exporta terrorismo y que pretende una bomba atómica? ¿O es un callejón sin salida que en todo caso solamente moverá la industria armamentística? ¿Se pasó por alto la importancia estratégica del estrecho de Ormuz? ¿Otra vez EEUU interviniendo sin un plan claro de cómo terminar, de cómo salir, como ya pasó en Iraq, en Libia o en Afganistán? Hay que recordar que esto fue justamente lo que Trump tanto criticó en sus campañas.
A la fecha, la respuesta parece más lo segundo que lo primero. Se arrasó a Irán, pero no se afectó la estructura básica del régimen teocrático. No se recuperó el uranio enriquecido. Se está en plenas tratativas, negociaciones y amenazas, pero todavía estar en riesgo el estrecho de Ormuz, sea controlado por Irán, sea bloqueado por EEUU, y por él pasa el 20% del petróleo mundial. Según los expertos, aún si se logra un alto al fuego, en esta situación este conflicto afectará el precio del petróleo, del gas natural, y de todos los derivados, incluyendo fertilizantes -tan necesarios para la agricultura mundial- y el helio, crítico para fabricar chips.
Desde el punto de vista de los aliados, no se debe olvidar que se trató de una acción inconsulta de EEUU e Israel pero que genera costos para todos ¿Cómo lo evalúan los emiratíes, los saudíes, los cataríes, que ven frenadas sus exportaciones y recibieron bombardeos iraníes? ¿Podrá Dubái retomar su rol de centro de negocios luego de las agresiones iraníes? ¿La Unión Europea o UK acompañarían a EEUU en una guerra para la que no fueron consultados, después de un año de críticas ácidas y fuertes presiones desde la administración Trump? ¿Cómo afectará a Europa, Japón y Corea del Sur la crisis energética que viene? ¿Qué pasará con los productores de alimentos, ante la escasez de fertilizantes?
La guerra no es popular en los EEUU, y ha tomado por sorpresa a la base MAGA, que no quiere este tipo de guerras. Los precios de la energía suben y con ellos la inflación no cede. El riesgo político para Trump aumenta y las razones para frenar la guerra crecen, si no se abre el estrecho de Ormuz, habrá un problema mundial, una crisis del petróleo muy severa. EEUU podrá será superavitario en petróleo, pero el precio internacional se refleja en el bolsillo del consumidor norteamericano, y en su estado de ánimo.
Finalmente, la pérdida de credibilidad en general y de la confianza entre aliados tiene enormes costos, aunque económicamente sea difícil de medir. El mundo interconectado de hoy requiere alianzas, requiere acuerdos y, mal que pese, requiere reglas. A veces fascina la acción, el romper con los procedimientos y las reglas. Pero cuando se actúa impulsivamente y no se entienden todas las dimensiones de los asuntos, los problemas aumentan y se realimentan, en los más diversos frentes. El liderazgo de los EEUU sufrirá, y todo Occidente pagará los costos. Ojalá se normalice el flujo de petróleo desde el Golfo, pero los costos intangibles de no tener reglas, de la incertidumbre, de las alianzas rotas y la desconfianza van a seguir allí. Es difícil construir en base a la imposición voluntarista.