Vemos todos los días en las noticias el avance sobre el equilibrio de poderes que está llevando adelante Trump en los EEUU, donde impulsa medidas controversiales, desde la colocación discrecional e intempestiva de aranceles (que casi con seguridad debería haber sido aprobada por el Congreso) hasta la deportación de inmigrantes irregulares sin debido proceso, entre tantas otras cosas. Todo esto con un discurso que exacerba radicalismos y denosta opositores.
Interviene en la economía, además de los aranceles, tratando de “domesticar” a la FED (Banco Central)- tradicionalmente autónoma - para que baje las tasas de interés; el gobierno compra acciones de empresas (como Intel) o les cobra por habilitarlas a exportar a China (como a Nvidia). Intervencionismo propio de un estatista, no de un capitalista norteamericano tradicional. Por otra parte, comienza con la militarización de ciudades para enfrentar supuestas crisis de crimen. Todo esto representa un viraje sin precedentes en la política y hasta en la institucionalidad de Estados Unidos.
El proceso posiblemente estribe en la radicalización de amplios sectores de la población a los cuales el presidente americano ha convencido con su propuesta de gobierno fuerte, que centraliza el poder e interviene en casi todo, dentro y fuera de fronteras.
Pero este proceso de polarización de los EEUU viene desde hace años, y tiene también otros responsables: las tribus políticamente correctas y los activistas “woke”. Exacerbaron la descalificación de personas de diferentes ámbitos, solamente por sus ideas. Se persiguió en los campus universitarios a quienes discrepaban; decir ciertas cosas era mal visto en muchos círculos, y los riesgos llegaban incluso a la fuente laboral, o el escarnio de sus pares.
Así el wokismo fue consolidando un posicionamiento esencialmente anti-liberal, proclamando su supremacía moral como policías del pensamiento. Al mismo tiempo se victimizan, igualando todo comentario disidente a una ofensa, y toda ofensa con violencia. Se invierte la carga de la prueba: si alguien se considera ofendido, es problema del otro demostrar que no es responsable.
Luego están las políticas DEI (Diversity, Equity, Inclusion), la llamada acción afirmativa, que promueve la inclusión por raza, género o identidad sexual, al extremo donde la pertenencia a “minorías” está por encima de cualquier otro atributo, como la preparación, la experiencia o el desempeño. Se abandona la meritocracia.
Combinado esto con las nuevas tendencias multiculturales, el wokismo se coloca en la posición opuesta a la visión clásica de los EEUU como una cultura integradora, el crisol de culturas. La visión woke va mucho más allá de querer reconocer y corregir pasadas injusticias: la civilización occidental termina siendo considerada moralmente inferior, culpable de la esclavitud, del racismo y la discriminación.
Y así se fue relativizando la igualdad ante la ley, la presunción de inocencia, los criterios basados en el mérito o el esfuerzo, y la libertad de expresión, y se impone esta visión del multiculturalismo que relativiza los valores civilizatorios del Occidente judeo-cristiano y greco-romano. Todo esto reforzado desde las agencias estatales, el sistema educativo y los programas sociales.
Finalmente, como todo país de inmigrantes, los EEUU han recibido gente de todo el mundo, durante toda su historia. Es parte de su ADN. Pero no tuvo en su historia una política de “open borders”. Todos los gobiernos, incluso los demócratas recientes, también tenían una política selectiva con la inmigración, pero el wokismo, en ancas del “multiculturalismo”, hizo suyo un discurso nuevo: hay que recibir a todos y en cierto sentido sus culturas valen más que la propia.
Mientras tanto, la gente común o no entendía, o se sorprendía y callaba, pero se iba generando una sorda ola de rechazo. Por otra parte, mientras a todos les preocupaba el crimen, el wokismo se obsesionó con sus causas sociales: es el sistema, no los delincuentes, parecían decir. Pero antes que nada las personas piden vivir en paz, que no haya violencia en las calles, no que se justifique a los criminales. Más avanzaban estas ideas, más gente se sentía por fuera.
A esto se le suman los problemas del contexto productivo / tecnológico: desde 1980 en adelante la vieja industria, empleadora masiva, decae, o se muda a Oriente. Muchas familias de clase trabajadora en los EEUU ven que su futuro está comprometido: tienen alto nivel de consumo, pero no ven un proyecto atractivo para ellos y sus hijos. Hay bajo desempleo, pero la gran fábrica no existe más, la mina de carbón cerró hace años. Las unidades productivas están automatizadas y tecnificadas. Se trabaja en la industria de servicios, hay que prepararse para un mundo cambiante. La incertidumbre es grande, y el miedo siempre es terreno fértil para el radicalismo. Por otra parte, la política migratoria genera otra fuente de irritación .
En ese contexto aparece Trump: promete recuperar los empleos industriales, que Asia - personalizada en China - “les ha robado”. Promete mano dura, y apunta a un chivo expiatorio: los inmigrantes. Su movimiento se queja del Estado que cobra impuestos altos e impone una agenda “woke” que la gente no quiere. Promete volver a EEUU a su lugar de grandeza perdido (Make America Great Again), y hacerlo sin culpa, sin revisionismos sobre su pasado. Y así su discurso gana tracción, mientras el establishment demócrata, sorprendido, ve que haber impulsado el wokismo, le está costando carísimo. Y Trump gana, y ahora por segunda vez, una versión “reloaded”.
Uno de sus principales apoyos, el movimiento MAGA, es muy diferente de los clásicos conservadores estadounidenses, aquellos que preconizaban el libre mercado y la libre empresa. Un partido que creía en la alianza con Europa Occidental, proponiendo un liderazgo global de los EEUU en base a su poder, pero también en base a principios y valores.
Este nuevo Partido Republicano cree en un poder presidencial sin límite, presiona abiertamente a los medios, militariza las ciudades, camina al filo de lo legal. Echa brutalmente a los inmigrantes. En lo económico, promete traer masivamente a la industria de vuelta, incluso reabrir las minas de carbón, es proteccionista y a veces estatista. Quiere controlar la tasa de interés y regular el comercio exterior. En muchos aspectos, está consolidando su poder y aspira a que su movimiento permanezca.
Al mismo tiempo, ya se va generando una contracara: radicales de otro signo, como Mandami, que proponen el socialismo “a la americana”, que posiblemente se fortalezcan en el futuro. ¿Un círculo vicioso cada vez más antiliberal?
Ojalá los EEUU recuperen su tradición institucional y logren reencausar su clima político hacia el diálogo y la construcción bipartisana, que funcionó en el pasado. Ojalá las fuerzas de la polarización y el radicalismo dejen paso a la sensatez.