Luciano Álvarez
El 24 de junio de 1509, Enrique VIII fue coronado como rey de Inglaterra y señor de Irlanda. Tenía 18 años y era una fuerza de la naturaleza: excelente arquero, un as jugando al "royal tennis", gran cazador, capaz de fatigar diez caballos en un día. Era mujeriego y jugador, piadoso e instruido, versado en teología y en letras. Tocaba exquisitamente el laúd y componía música para sus propios poemas.
El nuevo rey era un regalo del cielo para el movimiento renovador que encabezaban John Colet, sobresaliente humanista de Oxford y sus alumnos Erasmo de Rótterdam y Tomás Moro. Al primero le nombró predicador de la corte, al segundo le rogó que aceptara una cátedra de en la Universidad de Cambridge y al tercero, a través de su Canciller, el cardenal Wolsey, le llevó a su Consejo Privado y -un poco a pesar suyo- le convirtió en un excelente político. En los siguientes veinte acumuló cargos y títulos.
Tomás Moro, nacido en 1478 y trece años mayor que el rey, era reconocido como un hombre íntegro, honrado y sencillo, un abogado exitoso y un escritor brillante y prolífico.
Todo coronado por un gran sentido del humor y una natural amenidad.
Su independencia de criterio era proverbial. En cierta ocasión, fue el único miembro del Consejo privado del rey que se opuso a un proyecto. Entonces, el poderoso Wolsey, quien se consideraba su mentor, le trató de necio y torpe. "¡Gracias a Dios que el rey no tiene más que un tonto en su Consejo!", fue la respuesta de Moro.
Tal independencia abonó la amistad del rey hacia este hombre brillante que carecía de la vanidad y la ambición de un Wolsey, la obsecuencia de un Cranmer, la astucia, el servilismo y la fuerza de Cromwell, las otras figuras del entorno real, protagonistas del drama que se desarrollaría a partir de 1527.
Veinte años duraron el favor, la confianza y la amistad. Erasmo escribió gozoso: "En las cosas serias, no hay mejor consejo que el de Moro y, si el rey quiere divertirse un poco, no encontrará una conversación más amena que la suya".
Ambos solían pasar largas horas conversando sobre geometría, astronomía, política y por supuesto Teología. Enrique y Tomás compartían con Erasmo la necesidad de reformar la Iglesia, combatir la corrupción del clero y revisar, mediante el estudio de las escrituras, la intrincada teología. También se oponían con firmeza a la Reforma predicada por el alemán Martín Lutero.
Sin embargo, Tomás era de poca ayuda para un problema que obsesionaba a Enrique. La reina Catalina, que ya tenía 38 años, sólo le había dado una hija, tres varones murieron apenas nacer y había sufrido varios abortos. Quería un varón como sucesor y se había enamorado de la ambiciosa Ana Bolena, de 22 años.
El Cardenal Wolsey fue el encargado de las negociaciones con el Papa en procura de la anulación del matrimonio; un asunto sencillo, si la reina no hubiese sido la tía del hombre más poderoso de la tierra, el emperador Carlos V. Cuando Wolsey fracasó en su tarea, el rey lo acusó de traición y sólo una rápida enfermedad que acabó con su vida le ahorró el cadalso.
Entonces Enrique llamó a Tomás como Canciller. El 2 de octubre de 1529, durante el juramento, el duque de Norfolk ponderó al elegido con estas palabras: "Su majestad ha conocido que no hay en el reino un hombre más sabio en su deliberar, más sincero en comunicarle su pensamiento, ni más elocuente en expresar su decir."
Era tan cierto como las consecuencias que estas virtudes tendrían.
Moro logró que el rey le mantuviera apartado de la controversia de la anulación del matrimonio. Más tarde, consumados los hechos que llevaron a la separación de Inglaterra del catolicismo, se negó a asistir al casamiento del rey con Ana Bolena.
Enrique, le envió una orden a la que no le faltaba sentido del humor: un paje llegó hasta la casa de Tomás Moro con veinte libras para que se comprara un traje para la ceremonia.
Rechazó el dinero, no se presentó y al poco tiempo renunció a su cargo; era el 16 de mayo de 1532. Esperaba que su amigo le permitiera al menos vivir una vida tranquila con su familia y sus libros. Pero el elocuente silencio del hombre más respetado del reino era inaceptable para la Corte.
El 12 de abril de 1534, fue convocado para pronunciar el juramento de adhesión a la Ley de Supremacía que consolidaba la nueva situación política y religiosa de Inglaterra.
Moro se negó con este alegato sobre la libertad de conciencia: "Después de haber leído el acta, declara que no es su propósito señalar ninguna falta en ella ni en aquellos que prestan su juramento, ni condenar la conciencia de ningún otro hombre, pero que su conciencia no le permite prestar el juramento."
Cinco días más tarde fue encerrado en la Torre de Londres. El 1º de julio de 1535 fue condenado por traición; en la madrugada del seis le comunicaron que sería ejecutado ese día, pero que el rey, en homenaje a su vieja amistad, había conmutado la infamante sentencia de la horca y el descuartizamiento por la decapitación.
Probablemente en ese momento Moro recordó aquel día en el que William Roper, su yerno, comentó admirado, el trato que le dispensaba el rey.
"¡Ah, hijo Roper!, debo decirte que no tengo de qué envanecerme; porque si mi cabeza pudiera ganarle al rey un castillo en Francia, no vacilaría en sacrificarla."
La reflexión de Moro era mucho más que un comentario sobre la atrabiliaria personalidad de Enrique VIII, era toda una definición de las leyes del poder.