El Sunca lo logró! Tras meses de dura negociación, marcada incluso por algún episodio muy público de violencia, obtuvo la victoria de reducir la jornada laboral de 44 a 40 horas semanales sin que ello afecte el salario. Esto generó un esperable entusiasmo en el mundillo sindical y en toda la sociedad. Al fin y al cabo, ¿quién no quiere ganar más por menos horas de trabajo? ¿No?
El lector perdonará si le aguamos un poco el entusiasmo. Tal vez tenga que ver con la naturaleza escéptica, “contra”, o incluso amargada que se asocia al periodismo. Pero hay algo que no cierra bien de todo este festejo. Algo que va más allá de cuestiones ideológicas como la de pensar que la gente (y los países) prosperan cuando se trabaja más, no menos. Y algo que trae recuerdos que mezclan a Ronald Reagan con un acuerdo similar en la industria de la cerveza... pero mejor eso lo dejamos para el final.
A ver, la industria de la construcción es especial. Para empezar, es una industria protegida por la frontera, ya que usted no puede “importar” obras hechas (por ahora), ni aumentar la oferta de trabajadores de manera flexible.
Segundo, en Uruguay la construcción ha tenido un boom en los últimos años, motivado sobre todo por capitales que buscan aprovechar los beneficios de la llamada ley de vivienda promovida. Esto ha llevado a que hoy haya cifras récord trabajando en la construcción, con sueldos muy por encima de lo que paga el mercado a personas con esa calificación. Es, además, un rubro que suele ser la entrada al mercado laboral formal de mucha gente con poca calificación. Un “ganar-ganar” para toda la sociedad.
Pero por todo eso mismo tiene un flanco débil: es muy susceptible a la presión política. Tanto del gobierno que le concede obras y beneficios fiscales, como del sindicato, que tiene el control monopólico sobre la fuerza laboral.
Ahora, hay un elemento que es simple de comprobar. La rentabilidad de esta industria, lo que se lleva quien arriesga su capital y trabajo, no es tan espectacular. Al menos no en comparación con algunas inversiones financieras, que brindan liquidez y otros beneficios. Si hasta ahora cerraba la cuenta, era sobre todo gracias a los beneficios fiscales.
Esto ocurre, además, en un momento en que se percibe un ligero freno en los proyectos iniciados. Y donde la estabilización de Argentina, de donde vienen muchos capitales, parece volverla una competencia seria. Uno se pregunta, ¿le seguirá cerrando la ecuación al que se juega su plata con esta alza de costos?
Eso es un tema que tendrán que definirlo los empresarios del sector, que por algo aceptaron este convenio. Pero la pregunta más importante es para el resto.
Porque el Pit-Cnt ha planteado que su prioridad en este momento es luchar para que ese régimen se extienda a toda la economía. Algo que dice mucho sobre las prioridades del sector sindical.
Porque muchas veces se plantea que ese sector representa a los más pobres o desfavorecidos, cuando este tipo de prioridades parece mostrar otra cosa. Cuando uno privilegia así al sector laboral formal y establecido, de alguna manera pone una barrera al ingreso de quienes más necesitan llegar a ese mercado. Quienes tienen poca formación, poca experiencia. La empresa, al apretarse sus márgenes para atraer inversión, tiene que afinar la productividad y no se puede dar el lujo de formar gente o contratar más que lo imprescindible.
Pero también hay otro problema. La mayoría de los sectores de la economía tienen competencia con otros mercados que son más flexibles y baratos. Si Uruguay ya de por sí es un país caro para producir, si somos poco competitivos en todo lo que implique ser intensivo en mano de obra, ¿cómo cree el gobierno y el PIT que afectará una medida así, si se extiende al resto de la economía? ¿Acaso va ayudar a que haya más puestos de trabajo? ¿O beneficiará a corto plazo a quienes ya lo tienen, dañando a mediano y largo plazo a quienes más lo necesitan?
Acá retomamos lo de la cerveza. Porque hace unos años el mundo sindical de ese sector festejó con bombos y platillos un acuerdo similar de reducción horaria. Que se logró gracias a condiciones similares a las que tiene hoy la construcción: sindicato fuerte, escasa competencia, beneficios tributarios generosos. Hoy cualquier persona informada sabe cómo está ese sector. Algo previsible teniendo en cuenta lo que cuesta producir esa cerveza acá, comparado con cualquier país vecino.
Es entonces que sobrevuela aquella definición de Reagan que decía algo así como que la visión de los estatistas sobre la economía podía resumirse en que, si algo se mueve, hay que ponerle impuestos. Si sigue moviéndose, hay que regularlo. Y si se deja de mover, hay que darle un subsidio. Acá, en referencia no apta para “centennials”, parece estamos a punto de dar vuelta la maquinita.