En el día de hoy abstraerse de la definición del mundial es imposible en nuestro país y buena parte del mundo. Recordamos un lejano 1954 cuando en el colegio del Sagrado Corazón (ex-Seminario), con siete años de edad, los alumnos de primaria nos trasladamos, guiados por las maestras, a un amplísimo salón en el último piso del centro de estudios a escuchar la transmisión del partido Uruguay-Hungría, jugado en el mundial de Suiza, transmitido por don Carlos Solé. Había una sola radio a todo lo que da en el amplísimo salón y se escuchaba muy mal. A ello sumaba que por entonces la experiencia futbolística de los asistentes se reducía a correr en desordenado montón atrás de una pelota en los recreos. Gritamos 6 goles. Cada vez que se oía la palabra "¡gol!" había un coro festejando el acontecimiento. Terminamos festejando los goles de Uruguay y sin comprensión del relato, los de Hungría (nuestra selección que venía de ser campeona mundial en Maracaná, perdió en esta oportunidad 4 a 2).
Desde entonces en adelante a lo largo de la vida el fútbol, como pasa a tanta gente en el país, ha sido parte de nuestra existencia. Sea por las alternativas del cuadro de cada uno (en el mío es Nacional), como por las andanzas de la celeste en campeonatos juveniles y de mayores. Parte de una nación joven y pequeña en el concierto planetario, alejada de realizaciones homéricas, los logros deportivos y las emociones, tristezas y alegrías que este deporte nos ha dado son insoslayables. Las circunstancias han cambiado mucho. A veces se extraña el tiempo en que no había televisión, o cuando empezaron precarias transmisiones en blanco y negro, sin "replay" de las jugadas, en el que un penal de un clásico o cualquier incidencia de un partido más o menos relevante, daba para discutir por varios días, atendiendo a las fotos de los diarios, a las opiniones de los comentaristas y a lo que alguno había visto desde su asiento en una tribuna. Lo que —a su vez— animaba infinitas ruedas de los viejos "Café", que son hoy pieza de museo.
Ahora el deporte profesional, incluyendo las olimpíadas que también lo son, constituyen junto con el espectáculo artístico en sus más variadas expresiones, parte de los negocios más grandes del mundo. El estadio físico en que se desarrollan las competencias no se reduce a los espectadores directos sino que, como pasa con el actual mundial de fútbol, las grandes competencias y eventos son presenciados por cientos de millones de personas, que por distintas vías, fundamentalmente al consumir bienes y servicios que se publicitan en los medios, y al contratar derechos para el uso de sistemas de comunicación privados, pagan su entrada. Tal publicidad y el precio de las conexiones aludidas están incluidos en los precios de lo que consumimos.
Los jugadores del tiempo anterior a la realidad mencionada jugaban literalmente por la camiseta. Los pases no tenían relación alguna con las cifras descomunales que se manejan ahora. Recordamos una rima de los viejos "Asaltantes con Patente" (década del 60 del siglo pasado). Rezaba: "Los futbolistas de antaño / eran en verdad leones / nunca jugaban por plata / metían la pata / y salían campeones…" Era humor. La realidad futbolística de nuestros heroicos celestes actuales, profesionales exitosos, nos dice que como ayer siguen siendo leones. Que ahora desde Rusia nos emocionan hasta las lágrimas. Ante lo que viene solo cabe dedicarles un: ¡Gracias muchachos! y un: ¡Arriba Uruguay!