¡Tiranos temblad!

El título responde a unos videos que alguien producía para youtube hace años (tal vez sigue), donde con voz monocorde y tono “aclonazepanado” comentaba sobre episodios de la vida cotidiana en Uruguay. Era más fácil entender la deriva pachorrienta y apocada del uruguayo actual viendo a unos jóvenes excitados en el Gusano Loco, o tirándose por las canteras del Parque Rodó capitalino, que leyendo ningún estudio de sociología (para vos, Foncho)

Esto conecta con cosas que pasaron esta semana. No el salvaje “ajuste de cuentas” que dejó un niño de 12 años muerto en plena rambla montevideana (eso seguramente sea tema de nuestra columna en el programa En Clave País del próximo miércoles). Sino dos episodios menores, pequeños, pero que hablan bastante sobre el momento intelectual y emocional de nuestra sociedad.

El primero fue protagonizado por el nada pachorriento, ni mucho menos apocado, Juan Ramón Carrasco. La ex estrella del fútbol local fue invitado a un programa en El Observador, donde pretendió hacer su show habitual, de jugar al filo del reglamento con su autobombo, y ostentar su clásica procacidad de boliche de antes. ¡Grave error!

Porque JR se dio de frente con una celada biempensante que lo incineró de forma automática. Carrasco se las busca, haciendo chistes de Jaimito, y “pinchando” a ciertos actores a los que les gusta más victimizarse que posar de intelectuales. Pero esto es como llevar al abuelo a un asado con tu generación de la facultad de Ciencias Sociales, y enfurecerte porque hace un chiste de veganos. ¡Vamos!

El hecho generó una ola de indignación digna de mejor causa (mucho mayor que el asesinato a sangre fría del niño de 12 años), al punto que Carrasco tuvo que salir a pedir disculpas. Y lo hizo a través de un triste video donde al mejor estilo Heberto Padilla, aquel escritor cubano que osó criticar a la revolución, y fue forzado a desdecirse en público, se flagelaba por su falta de sororidad.

Este episodio contrastó radicalmente con otro que generó dosis casi tan altas de furia, pero en la otra mitad radicalizada del país. O sea, como nos referimos cariñosamente a veces, los señores de perenne indignación de Twitter.

Hablamos de un par de entrevistas que otorgó nuestra directora nacional de Cambio Climático a medios aliados (a otros, según contó la amiga Patricia Madrid, prefiere escapar).

Allí esbozó varias de sus características habituales. Una petulancia que no tiene mucho que envidiar a la de JR (con menos goles a favor), un rosario de lugares comunes de pretendida ciencia dura ambiental, que claramente son el producto de una formación en sociología (tu culpa, Foncho). Y una definición que abrió un flanco en su credibilidad. Aseguró que la mayoría de sus viajes recientes, con una acumulación de millas que daría envidia a Marco Polo, fueron pagados por organismos internacionales y no por el contribuyente nacional.

Esto fue desmentido a los 5 minutos por la barra twittera, que sacó a relucir documentos donde con la firma de Jorge Díaz se le otorgaban viáticos y pasajes para más viajes que a Lubetkin.

Pero lo interesante aquí no es analizar la soberbia de una joven funcionaria que cree que viene a salvar el mundo o a elevar el nivel de la política,. Quemando para ello tanques y tanques de nafta de avión pagada con el IVA de la señora que compra el pan en Villa Española. Lo curioso es lo que vino después.

Y es que mientras que Carrasco por su violación a las normas de la corrección política tuvo que salir a flagelarse públicamente, la directora de Cambio Climático hizo todo lo contrario. Fue a otro medio amigo a lamentarse de que estaba padeciendo una ola de “bullying” por parte de la ultraderecha global, por el pecado de ser mujer, joven, y defender las causas sociales más revolucionarias.

Este contraste es impactante. Porque a nivel de debate público genera la sensación de que es más condenable un señor mayor que hace chistes verdes y comentarios propios de su tiempo de esplendor, que un funcionario público que derrocha el dinero del contribuyente, y que encima miente en público a la hora de justificarlo.

Podemos estar de acuerdo en que ambas cosas son negativas, papeloneras. Pero en ningún caso parece que la moral individual de un ex futbolista pueda estar en un mismo nivel de relevancia social, que el accionar de un jerarca público que se gasta el dinero que hace falta en tantos lados del estado en banalidades. Y que encima cuando es descubierto se escuda en causas sociales a las que en el fondo está ensuciando.

Que esto haya sido el eje del debate público en Uruguay una semana de julio del 2026 es casi tan triste como los videos del antiguo Gusano Loco. Y explica que después, a los pocos metros, un grupo de mafiosos ejecuten a un niño a vista y paciencia de todo el país. ¡Siga, siga!

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