Sujeto omitido

No es bueno hablando y él lo sabe. Esa debilidad no es de ahora. En noviembre de 2019, el Frente Amplio lo había designado jefe de campaña de la candidatura de Daniel Martínez, y estrenó ese rol en un programa de canal 12 criticando un documento de la Coalición Republicana por “bastante flojo y bastante vago”. El periodista Juan Miguel Carzolio le preguntó con qué parte discrepaba y su respuesta fue: “ah, no me acuerdo. No lo leí”.

Ese mismo día debió asumir que lo suyo no era la oratoria.

En la campaña de 2024 pasó el examen con un buen debate televisivo, correctamente guionado, donde repitió una y otra vez lo que los votantes querían escuchar: “no voy a aumentar impuestos” (promesa incumplida).

En el ejercicio de la presidencia, prácticamente no hay aparición pública en la que no quede mal parado. Lo hicieron comparecer en la conferencia de prensa sobre Cardama, agitando una supuesta estafa al Estado uruguayo. Lo hicieron liderar otra conferencia de prensa sobre el cierre de la Biblioteca Nacional, prometiendo una transformación que ahora el director de la OPP reconoce que no será en este período. Y en otra más, garantizando que la aplicación del Diálogo Social no implicaría modificaciones a las AFAP, para que después el equipo económico reconociera que sí las habría.

En un almuerzo de ADM aclaró que seguirá diciendo “lo que piense y lo que sienta”, aunque cometa “un tropiezo discursivo o torpeza. Hoy va a ser un gran porrazo discursivo porque así va a ser mi tónica los cinco años adelante”. Esa promesa sí, la viene cumpliendo.

Los últimos porrazos han sido la foto en el portaaviones estadounidense, con el pulgar en alto a lo Milei, y la guiñada que acompañó a la frase “donde hay descuento me tiro de cabeza”, que originó un terremoto político y la necesidad de aquietarlo con un mensaje a cámara leyendo un teleprompter.

Lo paradójico es que, en esta columna, no pretendo sumarme al coro de quienes lo bardean sino al revés: estoy convencido de que la institución presidencial debe ser protegida, no solo por el oficialismo sino por todo el sistema político, porque el deterioro de su credibilidad no afecta a un partido sino al país todo. Fustigarlo desde la oposición es un bollo: el lío se arma al pegarle sus propios subordinados, como cuando el ministro de Trabajo Juan Castillo lo rezongó públicamente por haberse subido al portaaviones, o esta semana, cuando el presidente del FA, Fernando Pereira, declaró a FM del Sol que “el presidente no entiende que se equivocó. Lo dijo con claridad. Si el presidente no entiende que se equivocó, no va a decir ´me equivoqué´, porque eso sería ser un cínico y el presidente no es un cínico”. Con amigos así…

El problema es aún más grave porque el FA de este período está protagonizando un gobierno en disputa: la racionalidad que representa el ministro de Economía está viéndose forzada a ceder terreno a los radicales: comunistas, socialistas, casagrandistas y Pit-Cnt. Se está dando la paradoja de que desde la oposición debiéramos sostener a un presidente cuyo piso está siendo serruchado por sus propios socios, enojados porque no concreta el disparatario económico y de relaciones internacionales que reclaman.

Humilde consejo a sus asesores de comunicación: ya que no es bueno hablando, no lo hagan hablar más.

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