El recorrer las calles de Montevideo, impresiona ver la cantidad de contenedores usados para la recolección de basura que fueron incendiados.
Se instaló una manía criminal, por la que algunos que no tienen nada que hacer, creen que convertir tales lugares en fogatas es muy divertido.
No lo es para quienes viven cerca. Se vuelve peligroso si salen llamaradas grandes en los lugares donde estos contenedores están cerca de las ventanas de alguna vivienda. El olor es, además, nauseabundo y quizás tóxico. Esto se agrava en noches de verano en que, a causa del calor, las ventanas se abren y el humo con ese intolerable olor, inunda las casas.
Por suerte, hay un servicio de Bomberos que responde con rapidez al llamado de quien denuncia el fuego y en poco minutos llega al lugar y con pericia apaga el fuego.
No es que vienen los carros grandes con la sirena a todo volumen y los bomberos prontos para saltar en acción. No. Es tan solo una camioneta pick up, obviamente de color rojo, con una bomba de agua no muy grande y un equipo de dos o tres personas.
Es tan específica su manera de actuar, que es obvio que su protocolo se diseñó solo para cumplir esta tarea.
A estar por la cantidad de contenedores que muestran las “cicatrices” de incendios ocurridos no hace demasiado tiempo, deben ser muchas las salidas que esta gente hace. De día y de noche.
Por otro lado, camiones más pequeños de la Intendencia (llamados motocarros), recorren la ciudad para recoger la basura que queda tirada afuera del contenedor. Ante una situación que a veces se vuelve exasperante, esa necesaria recolección paralela ayuda a que los alrededores quedan limpios por un rato, o sea hasta que alguien pase, revuelva la basura, tire cosas para afuera y se lleve solo lo que le sirve. El basural empieza, así, de nuevo. Día tras día.
La pregunta inevitable es cuánto cuesta esto. Hubo que comprar camionetas para los bomberos, instalarle una bomba y contar con personal solo dedicado a eso las 24 horas. Eso antes no estaba en el presupuesto de los bomberos. Ahora sí.
Lo mismo ocurre con los motocarros municipales. Al recorrido rutinario de recolección se debió agregar otro. Se necesitó dinero que antes no estaba previsto, para comprar los equipos, contratar personal y así prestar un servicio duplicado. El presupuesto de la Intendencia de Montevideo aumentó. O en su defecto, tal vez se redujeron gastos en otras áreas para permitir que esta funcione.
Todo esto ocurre porque el sistema de los contenedores nunca dio los resultados esperados. Cada contenedor se convirtió en un basural endémico y así viene ocurriendo desde hace muchos años.
Los vecinos que tienen uno en la puerta o frente a su ventana o delante del edificio de apartamentos donde viven, son víctimas y a nadie le importa. Pagan impuestos cuando deberían cobrar por permitir que su vereda sea el basural municipal.
Hay mucha gente recorriendo las calles y revolviendo la basura. Antes se les decía hurgadores, pero eso afectó a cierta sensibilidad y se dijo que no eran los hurgadores (aquellos) sino otras personas quienes revolvían la basura. Hurgaban pero no eran hurgadores.
Nadie quiere ir de frente y resolver como sea, este problema grave y endémico. No se trata de declarar una guerra represiva contra las hurgadores, pero sí de controlar de forma tal que esa actividad insalubre (para ellos y para el vecindario) termine de una vez.
Sí es necesario, en cambio, aplicar una estrategia represiva contra los incendiarios, en la medida que queman propiedad pública y perjudican a la población.
Mediante sanciones penales severas, debe trasmitirse el mensaje de que no es negocio andar prendiendo fuego los contenedores.
En consecuencia, para paliar un problema (lo que es bueno, pero no da una solución definitiva), se está gastando mucha plata. A falta de una mejor medida es inevitable hacerlo, pero es caro.
Importa que esto lo tengan en cuenta los sindicatos de empleados públicos cuando a mediados de ca- da año agitan el ambiente para sacar una mejor tajada en la Rendición de Cuentas.
Al pagar estos servicios de emergencia, no hay dinero para otras cosas. Los recursos del Estado son finitos. A no quejarse entonces si a nadie le importa que haya que multiplicar servicios para atajar los problemas causados por quienes revuelven la basura y la tiran por la calle o por quienes incendian los contenedores.
Cuando surjan las pancartas pidiendo más para la salud y para la educación o reclamen recursos porque tal o cual oficina no puede funcionar sin ellos, que se recuerde adónde fue una parte de ese dinero.
Cuesta caro, en parte porque la Intendencia no asume la responsabilidad de dar soluciones definitivas al problema, y en parte porque hay un grupo de montevideanos que se dedica a ensuciar y quemar, sin preocuparse de los efectos sanitarios que tienen sus acciones.
Todo lo que se hace mal, sale caro, no soluciona nada y tiene consecuencias.