Sin muchas esperanzas

Mientras el mundo espera, ya fatigado, el momento en que Donald Trump lanzará el misil qué borrará al último sapiens, aquí, en la plenillanura, aguardamos, también sin demasiada inquietud, la siguiente encuesta sobre el desempeño de Yamandú Orsi y sus treinta y tres esforzados frenteamplistas. El norteamericano en baja política acelerada, informa que destruirá una civilización entera, de Ciro en adelante. El uruguayo, resignado, promete mejorar.

Por más que lo de Yamandu, obviamente, sólo nos importa a nosotros, lo cierto es que el Presidente se nos esfuma de a poco sin nadie que lo sostenga. Se diluye entre celebraciones, sonrisas, abrazos, conversatorios. Su humanidad impide ver su obra, si la hay. Todos asienten: es bueno, tolerante, dispuesto, razonable, demócrata cabal, generoso y atento. ¿Porqué entonces, sin crisis económicas, o agudas protestas populares tanta desazón. Hoy los estudiantes ya no tiran piedras ni los Presidentes medidas prontas. Nuestra actual disforia es silente, uruguaya.

Las explicaciones fluyen, ninguna convence. Se dice que el descrédito lo fomentan los propios frentistas unido a un sector de no más de un cinco o seis por ciento de votantes. Inconversos, que se mueven de izquierda a derecha cambiando de camiseta en cada elección. Otros culpan a los frentistas de centro, una especie avergonzada de sí misma. La senadora Blanca Rodríguez, cree que el problema es la política exterior. La izquierda que nunca soportó a los Estados Unidos, salvo durante el breve lapso del antifascismo, reclama una política más sincera. Al fin y al cabo el imperialismo, recurso último del capitalismo, fue siempre su bandera, ¿Cómo desplegarla desde el USS NIMITZ, portavoz del enemigo? Bien lo expresa el Ministro de Trabajo quien condenó al Presidente desde las Cuevas de Altamira, su despacho e inspiración ideológica.

Según el Presidente del Frente, otro actor innovador, su coalición no solo cumple cabalmente el programa electoral, actúa de acuerdo a las necesidades del país. A su lado el PIT-CNT, en permanente renovación doctrinaria, cada vez más abierto al desarrollo civilizatorio universal, insiste en modificar la seguridad social, gravar los mayores ingresos, producir petróleo a pérdida y observar una política exterior acorde con la dignidad nacional. Por ejemplo, mandando secretamente churrascos a Cuba y chivitos a Nicaragua

Cierto, no se entiende tanto fuego amigo. Abrumadas por la nostalgia las izquierdas, alérgicas a su antigua asociada, la social democracia, no asumen su propia crisis terminal. Aquí y en el mundo. No interiorizan que sus ideas matrices, la revolución social, el fin de la propiedad privada y el estado, el hombre desalienado, hoy pertenezcan al lejano neolítico y son intraducibles al lenguaje de nuestra época. Su orgullo moral le impide verlo. Por más que no es eso lo más grave. Lo penoso es que las izquierdas -aún cultivando una utopia valorativamente aceptable- no hayan conseguido jamás aportar una sola idea para implementarla. Inmunes a la experiencia y a la sicología social ignoran que lograrlo, es por definición imposible. Tampoco lo ha entendido su reverso, la derecha, porfiadamente distópica. La disconformidad de unos y otros no es con Orsi, seguramente mejor persona que la mayoría de sus pares. Es con su propia impotencia.

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