Antonio Mercader
Sevilla tuvo que ser..." canta la copla de Carmelo Larrea y, en verdad, nunca cobra más sentido esa frase que en plena Semana Santa. La capital de Andalucía refulge en estas horas de fiesta religiosa y devoción popular cuando las procesiones desfilan por sus calles entre el aroma de azahares y los primeros brillos de la plateada luna primaveral. De iglesias y capillas las diversas cofradías sacan a pasear las imágenes sagradas en sus altares móviles, enriquecidos con flores y velas, cargados por los sacrificados costaleros y custodiados por centenares de hieráticos nazarenos.
En la calle Sierpe, en la plaza San Francisco, en la avenida Constitución, la gente se apiña para presenciar los pasos, el momento en que la procesión circula y se detiene sólo bajo las órdenes del capataz (los costaleros no ven nada, sumidos como están bajo los faldones del altar) o si acaso ante la irrupción de un improvisado saetero que, con timbre flamenco, lanza su oración hacia la Virgen o el Cristo que desfila. Así recuerdo al cantaor Perejil, encaramado a un balcón de la Taberna del Alabardero, alentado por el padre Luis Lezama, afinando la voz para romper el silencio que envuelve el pasaje del Jesús del Gran Poder. Viene escoltado por 600 cofrades -¡600!- y el arrastrar de sus pasos crece como murmullo en la calle Zaragoza, en el Arenal, casco antiguo de Sevilla. Perejil está nervioso; no sabe si con su garganta podrá detener la procesión. Y arranca, inspirado en un verso de Antonio Machado: "... para quitarle los clavos, a Jesús el Nazareno". El paso se detiene.
Si el del Gran Poder viene en silencio, otros pasos alegran el aire con el sonido de oboes, cornetas y tambores. Luis Buñuel, que adoraba y detestaba en proporciones iguales esta fiesta religiosa, confesaba que el tronar de los tambores lo hacía llorar. Algo hay de eso, su redoble es emocionante. Junto a la catedral, bajo el oro de los naranjos, el tumulto crecerá con el rumor, la noche en que se acerque la Macarena, bajo su palio barroco, transportada desde su basílica junto a la muralla árabe. Nuestra Señora de la Esperanza Macarena, reina y señora, la más popular de la Semana Santa, desfila en la "madrugá", espectáculo de fervor que nadie quiere perderse. Sólo la Esperanza de Triana intenta competir con ella entre los flashes de los turistas, aunque sin ánimos de arrebatarle la corona.
Hay rivalidad entre las cofradías, una preparación de todo el año y el orgullo de los jóvenes costaleros que sostienen sobre sus hombros, o peor aun, sobre sus cuellos, los pesados altares. Mal recuerdo para quien esto escribe, que alguna vez intentó congraciarse con una de las hermandades y probar su afinidad con los sevillanos para concluir semiasfixiado en el barrio de Santa Cruz, aparte de agotado y con las cervicales resentidas durante meses. No cualquiera es costalero; es un honor y un desafío para el que sobran candidatos entre los mozos de Sevilla y escasean los extranjeros intrépidos.
Durante siete días y siete noches la ceremonia se repite, aunque cada jornada tiene lo suyo. Hoy miércoles, por ejemplo, ocho hermandades y diecisiete pasos brindan su espec-táculo y congregan una multitud de creyentes y curiosos. Son ritos con una tradición de siglos, mezcla de mística religiosa y ánimo festivo, que se reiteran en otras ciudades y pueblos de España. Todos atractivos, pero ninguno con el aura de Sevilla, capital mundial de la Semana Santa que convoca al mundo, todos los años en esta fecha, desde las orillas del legendario Guadalquivir.