Sergio Abreu
Sergio Abreu

La herencia maldita

El gobierno electo del Brasil anunció los tres ministros clave que asumirán el próximo primero de enero.

El jefe del equipo económico, un liberal de la escuela Hayek; el Canciller, un diplomático de Itamaraty y el Ministro de la Defensa, un General de Ejército de reconocida trayectoria. Esa línea media —Guedes, Araujo, Ribeiro— tendrá que buscar coincidencias para gestionar la octava economía del mundo bajo la conducción del presidente Bolsonaro, en momentos en que la situación del Brasil requiere decisiones económicas, nuevas regulaciones y padrones éticos que rescaten la credibilidad de su sistema político y preserven la democracia.

La expectativa es grande, pero es bueno recordar los resultados macroeconómicos de los gobiernos populistas de la región, empezando por sus desequilibrios en el área fiscal y en su endeudamiento externo. La Argentina de los Kirchner y el Brasil de Lula, para no hablar de la implosión venezolana fuera de toda racionalidad, dejaron déficits fiscales de un 7% del PBI, un gasto público ineficiente y una presión tributaria asfixiante para el bolsillo de todos los habitantes. A esos gobiernos se su-ma el 4% del déficit fiscal del Uruguay, prueba contundente de que los vientos de cola que favorecieron nuestra economía al asumir los gobiernos frenteamplistas no evitaron que cayeran en la tentación populista.

El resultado de las administraciones anteriores enfrenta a los nuevos gobiernos a la necesidad de implementar un ajuste fiscal para transformar el déficit primario en superávit, reducir el peso de la deuda pública y los intereses que por ella se pagan. Esa es la común herencia maldita que dejan, y aunque cueste decirlo, la peor demagogia es ignorar la realidad sin advertir la situación que se debe asumir.

La multipolaridad que incorporó al comercio chino como el primer exportador de bienes del mundo y el tercero de servicios, ha puesto en crisis el sistema multilateral de la Organización Mundial del Comercio y tiene que ser analizada. Los nacionalismos populistas nacidos en países desarrollados como el impulsado por el presidente Trump nos obligan a valorar la herencia que recibimos luego que el pensamiento socialista se derrumbó a la luz de las mudanzas impuestas por la revolución del conocimiento, la digitalización y la revolución naranja, como la define el nuevo Presidente de Colombia Iván Duque.

Desde el fondo de la historia, los que escogen la vida pública por vocación y no por obligación tienen sus divisiones íntimas entre la utopía y el realismo pero no pueden ignorar que la querella que se plantea hoy es entre los liberales que defienden la prevalencia del mercado competitivo y los dirigistas que creen en la prevalencia del Estado interventor. En otras palabras, no hay discusión que pueda mantenerse con los partidarios de un Estado propietario de los medios de producción o de empresas públicas monopólicas, ya que ese modelo propio de la guerra fría no solo fracasó, sino que en el caso de la ex-Unión Soviética, se proyectó desparramando en el mundo decenas de millonarios, burócratas comunistas transformados en dueños de equipos de fútbol, grandes inversores de la construcción, traficantes de armas e integrantes de mafias internacionales, exponentes de las peores miserias del ser humano. La corrupción, la hermana gemela del poder absoluto, vino de la mano de todos esos gobiernos que integran el desprestigiado sub-lema Socialismo siglo XXI.

La modernidad, por otra parte, juzga al modelo de sustitución de importaciones como un dato del pasado viendo a la reserva de mercado como una "antigualla" insostenible. La mayoría de nuestros países pudieron plantearse una reconversión gradual de su comercio aplicando mecanismos proteccionistas transitorios pero desoyeron la voz de la realidad, olvidaron que el proteccionismo sin reconversión era una pobreza asegurada y perdieron el tiempo del brazo de utopías "travestidas" cuando el comercio internacional de bienes y servicios comenzó a pasar por encima de los aranceles más elevados.

¿Es tan difícil entender que la apertura es parte de esta realidad? Pensamos que no lo es, y sin embargo no existe un momento de reflexión que nos saque de la cómoda etiqueta entre izquierdas y derechas, conservadores y progresistas y nos permita reconocer que la idea marxista de la plusvalía no pasó la prueba de la historia; más aún, que las desigualdades de la sociedad moderna se miden en función de la productividad y de la acumulación de riqueza, en un marco capitalista que se replantee el funcionamiento del mercado.

¿Cómo explicarle al Pit-Cnt y al foro de San Pablo que el misterio del progreso está en la innovación y en la acumulación? ¿Cómo convencer al sistema educativo y a su sindicato que la educación es la catapulta de los jóvenes o la lápida de sus vidas? ¿Cómo romper con el mujiquismo anárquico, que descree de las instituciones y del riesgo empresarial defendiendo la idea contranatura de la "autogestión" financiada por el pueblo que trabaja?

El problema es tan simple como complejo, pero resumido en tres desafíos que nos plantea la modernidad. El primero, dice que 2/3 del comercio mundial es intrafirma, que el 60% de los bienes que se exportan son semiterminados y que la nueva agenda comercial tiene más que ver con normas que con aranceles. El segundo, muestra que la apertura está decretada, y que cada país debe administrarla según su estructura productiva, no solo de forma unilateral sino regional como el "cojitranco" Mercosur que pide a gritos volver a una zona de libre comercio. Por último, el tercero nos obliga a decir que la carga fiscal existente en este manicomio tributario es abusiva en cuanto al nivel de renta, y que todo ajuste fiscal deberá pasar por el gasto público.

En conclusión, nadie puede discrepar con la idea de que más impuestos y mayores tarifas públicas reducen la productividad y la competitividad del sector productivo afectando las oportunidades de empleo y que, en definitiva, el problema social de todos estos países y en especial del Uruguay, no se resuelve gastando más sino gastando mejor.

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