Sentimientos

Leonardo Guzmán

Una madre se fue a bailar con su concubino y dejó durmiendo solo al hijo de 3 meses. La casa se prendió fuego y el bebé murió carbonizado. Madre y compañero marcharon a la cárcel, con orden de seguimiento psicológico.

Pero el tema no es psicológico sino ético-valorativo, de base: esa madre y ese padrastro evidenciaron desapego, parálisis de los instintos, idiocia de los sentimientos.

El caso podría ser sólo una tragedia privada si no fuera el síntoma de una enfermedad de nuestro tiempo: la caída de los sentimientos.

De ese mal, los casos se manifiestan en todos los planos y con todos los pretextos: incluso gremiales, como quedó a la vista anteayer en nuestro principal hospital público.

Días atrás, reclamando más personal y mejores condiciones de trabajo, los enfermeros del Maciel resolvieron sacar los colchones de las camas a medida que quedaran libres, para impedir el ingreso de nuevos pacientes. Empezaron con dos. Después, fueron cuatro. El martes llegaron a once. La Emergencia colapsó. Accidentados, fracturados, que esperen horas: no importa.

El Hospital Maciel es símbolo de servicio desde el secular amor al prójimo. Sacarle los colchones a las camas dejando a los desvalidos sin usarlas y alargándoles el sufrimiento en la ambulancia, traiciona la esencia de la función hospitalaria.

En semejante decisión también se pone de manifiesto la caída de los sentimientos, hasta el límite de eclipsarse ese "yo soy tú" en que se yergue el espíritu y nace la vocación por reglas claras que nos ligan a los demás.

Cualquiera sea nuestra definición política, contra tamaña enfermedad debemos alzar la voz entrecasa, en las esquinas, en los medios… y en las aulas.

Está a la vista la laya de resultado a que nos llevaron las teorías que esperaron la elevación cultural por efecto mecánico del crecimiento del PBI o del mito del partido redentor. Ya vemos a dónde diantre llevan las doctrinas psico-educativas que rinden culto a las pulsiones primarias y sueñan con socializar sin normas, por imitación automática de modelos. Palpamos qué puede esperarse si la meditación de conciencia se sustituye por la guerra de clases. Somos todos testigos del fracaso de embotar los sentimientos y desatender la inteligencia. El embrutecimiento no paga dividendo. Pasa factura.

El asunto entonces no se mide en pruebas PISA sino en calidad de vida, porque se proyecta en materialismos de todo signo que privan de sentimientos, de inspiración y de ideales a la irreductible unidad de la persona.

Por todo eso, si se quiere hablar en serio de reforma educativa, hay que preguntarse no solo qué preparación exige el mercado de trabajo sino qué clase de almas queremos formar desde el principal programa educativo que tiene la República: la Constitución.

Para obedecerla, habrá que responder con todas las fibras de la sensibilidad -de música sinfónica a literatura, de lógica matemática a filosofía, de biología a Derecho- para que cada ciudadano viva desde lo mejor de sí mismo.

Y para que el Uruguay vuelva a resolver las cuestiones de orden público espiritual que hoy lo tienen al borde del caos.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar