Hace no muchos meses, allá por mediados del año pasado, las encuestas registraban una diferencia cercana a los cuarenta puntos porcentuales entre el Frente y nuestro Partido Nacional. Aquél oscilaba entre el 50 y el 55% de las intenciones de voto, y nosotros no superábamos la barrera del 15%. De a poco, esa diferencia al parecer indescontable comenzó a reducirse. A fines del 2003, ellos parecieron estabilizarse entre un 48 y un 50% y los blancos trepamos a un 18%, todavía modesto. La brecha, así, se achicó al 30%, diferencia todavía muy significativa.
En marzo, nosotros llegamos al 21% y el F.A. perdió algún otro puntito. Ese crecimiento nacionalista en las preferencias del electorado coincidió con la clarificación definitiva de nuestro panorama interno. Tres o cuatro precandidatos presidenciales se borraron como tales y se definieron en favor de Jorge Larrañaga —opción a la que también nosotros adherimos—, que emergió así como el único y muy fuerte adversario de Luis Alberto Lacalle. Adversario he dicho y no enemigo, pues en nuestras filas, las únicas que definirán realmente en las urnas su candidatura presidencial, impera hoy la tolerancia y el respeto recíproco. Y tras las internas, gane quien gane, todos juntos marcharemos, codo con codo, en pos de la victoria.
Pero volvamos a las famosas encuestas. Con las realizadas en abril a la vista, "Crecen los blancos y baja la izquierda", tituló "Búsqueda" una nota de su última edición. La encuesta de Equipos Mori nos situaba el día 2 de este mes en el 24% y al F.A. en el 47%; la de Cifra difiere con la anterior en que nos adjudica el 27% de las preferencias ciudadanas, y la de Interconsult sólo asigna a Vázquez el 44,5% —cayendo dos puntos en un mes— y registra un 26% para los blancos.
Dos verificaciones surgen de estos datos. El Frente experimenta una tendencia a la baja, leve pero sostenida, debida a sus problemas internos, al episodio Viera —quizás— y a las indefiniciones de su candidato sobre casi todos los problemas básicos que enfrentan el país y su economía.
El Partido Nacional, simultáneamente, registra un fuerte y persistente crecimiento, favorecido por la ya referida polarización entre Larrañaga y Lacalle, así como por la circunstancia de que mucha gente —no poca de ella, colorada— opta por votar donde hay algo que decidir y donde, además, se percibe la única posibilidad de derrotar al Frente. Tanto es así, que los blancos ya superamos claramente el 21% que obtuvimos en octubre del 99 y nos aproximamos al 30% que registramos en los comicios del 94. Nuestra diferencia con el Frente se achicó espectacularmente en algo menos de un año, del 40 al 20%, o algo menos.
Se me dirá que, igualmente, el margen es lo suficientemente grande como para descontar la victoria de Vázquez. En la primera vuelta sí, por supuesto. Pero el sistema, como todos sabemos, es de balotaje, de definición en una segunda vuelta que parece casi segura a medida que aquél cae —poco, pero cae— algunos puntos por debajo del 50%. Y, desde esa óptica, la diferencia entre el F.A. y los partidos tradicionales también se ha reducido espectacularmente en el correr de pocos meses. Era de 20 puntos y ahora se redujo al 4% según Cifra y al 1% según Interconsult: 47 a 43 y 44,5 a 43,6%, respectivamente. Diferencia que casi ha desaparecido, pues, ya que sabemos de no pocos colorados que están ansiosos de devolver la gentileza blanca del 99, en el próximo noviembre. Y aún antes.
No somos tan optimistas como nuestro amigo Sienra Roosen, quien ya casi descuenta la victoria nacionalista. Pero sí aseveramos, como Eduardo Víctor Haedo en la inolvidable medianoche del último domingo de noviembre de 1962, que "El tordillo viene en carrera". Sí, el tordillo viene atropellando firme. Y con acción de ventanillas. El puntero, entre tanto, todavía lleva amplias ventajas, pero ya pegó y el disco está lejos. Los burreros me entenderán.