Martín Santiváñez Vivanco (*)
Alo largo de una vida azarosa y bravía, Andrés de Santa Cruz, Supremo Protector de la Confederación Peruano-Boliviana, soñó febrilmente con la unión política de los Andes en torno a un caudillaje enérgico y civilizador.
El prohombre boliviano buscó forjar, contra viento y marea, el régimen que articulase un cúmulo de naciones dispersas, liquidando, de paso, los rezagos de ese feudalismo perverso que minaba la frágil salud de las jóvenes repúblicas sudamericanas.
Por entonces, la independencia era un evento reciente y la hora de la espada aún no había cesado.
La utopía indicativa que Santa Cruz heredara de Bolívar ha terminado precipitándose en el abismo feroz de la realidad. Desde entonces, la unidad de los Andes es tan solo una quimera.
No hemos logrado, en siglo y medio, aproximarnos un milímetro al ensueño fastuoso que el Mariscal de Zepita, en un instante supremo, logró acariciar. Muerto Santa Cruz, vive Yugoslavia.
"Deseo que Bolivia sea en Sudamérica lo que Esparta en Grecia", decía Santa Cruz. El anhelo espartano del gran boliviano trocóse en tragedia griega. Hoy, una vez más, ha triunfado la fatalidad.
Conducida por Evo Morales, Bolivia, el corazón de los Andes, ha dejado de ser la Esparta latinoamericana por la que luchó Santa Cruz para convertirse en un satélite anárquico del imperialismo chavista.
El país se ha sumido vergonzosamente en el caos fratricida, empantanándose en la secesión política y la ausencia de consensos.
El destino unionista que el Mariscal Santa Cruz trazara para su patria ha naufragado impunemente en la demagogia espuria del socialismo del siglo XXI. Nada, absolutamente nada queda del Gran Perú que soñara el prócer boliviano. Bolivia, el alma de tan excelso proyecto, se rinde a la maldita tradición latinoamericana de la desunión. Fraccionarnos, purgarnos, dividirnos, fagocitarnos. En esa Olimpíada nadie nos gana.
No hay gloria en el socialismo de Morales. No hay visión, ni destino. El sistema de partidos tripartito -MNR, ADN y MIR-, que por veinte años proveyera de gobernabilidad al país, colapsó con Sánchez de Lozada. Y Evo se ha encargado de enterrarlo.
Es la suya una receta incolora, vacía e insípida, que responde a los intereses coyunturales de una revolución extranjera, fatua y cortoplacista. Allí dónde Santa Cruz instauró una tradición de honor y liderazgo, Morales, convertido en el Felipillo de Chávez, enarbola el estandarte de la desintegración, afanándose en balcanizar un territorio en pos de no sé qué ucronía ideológica.
Bolivia se desangra en una lucha cainita en la que todos son culpables.
El Presidente, por anteponer los dogmas revolucionarios a la realidad del país. Y la clase dirigente, mediocre y desarraigada, por malversar los recursos naturales sin atinar a convertir la estabilidad institucional en riqueza e infraestructura para todos. Cuando la gobernabilidad y las instituciones no acaban con la pobreza, la miseria termina degollando a la democracia.
Los afanes autonomistas de Beni, Pando y Tarija se pliegan al abierto secesionismo camba -con sede en el departamento de Santa Cruz- y el resultado del referéndum revocatorio consolida este proceso.
El plan filo-marxista de Morales ha exacerbado las reivindicaciones regionales y ha sido incapaz de tender puentes concretos que permitan la supervivencia del Estado boliviano.
Con los gobernadores de los departamentos más prósperos en contra, el 40% de la población harta del enfrentamiento y las oligarquías regionales en pie de guerra, hay poco que festejar, pese al triunfo relativo.
La victoria de Evo ralentiza la división, no elimina el problema. En algunos territorios, Morales no puede ni asomarse al aeropuerto. ¡Cuánto daño ha hecho el centralismo paceño! Sin un proyecto nacional viable que cohesione a toda la nación, las fuerzas disolventes no tardarán en destruir el país. Bolivia, desgarrada por los reclamos de las regiones, se enfrenta a un sendero tenebroso.
¿Qué diría Santa Cruz al saber que su nombre está unido a la espada de Damocles de la secesión? ¿Qué haría en esta hora lóbrega para su patria, instante horrísono en el que todo lo que su mano poderosa creó amenaza con derrumbarse?
El desgobierno de Morales -y el de Álvaro García Linera- ha conducido al país al borde de la contienda civil. Los bolivianos abjuran del legado de Santa Cruz y se internan en una guerra étnica en la que no hay vencedores ni vencidos.
Ningún racismo es positivo. Nuestro horizonte, el de toda Latinoamérica, es el mestizaje, la fusión, la síntesis viviente.
El conflicto entre collas y cambas ha provocado un infarto al corazón de Sudamérica. Que nadie se engañe, todo el organismo sufrirá las consecuencias.
Esto supera la disyuntiva de Constitución o autonomía. Algo se ha roto en el centro del mundo.
Y sólo podrá restaurarse, cuando la larga y portentosa sombra de Santa Cruz, el cóndor mestizo, retorne, incólume, gigante, a la tierra sagrada de los hijos del sol.
(*) Es Director del Center for Latin American Studies de la Fundación Maiestas (España).