Sana intención errada

Juan Martín Posadas

El uruguayo común y corriente -en una palabra, la mayoría de nosotros- se deja fascinar fácilmente por ciertos enunciados que tienen una apariencia virtuosa pero son huecos. Una de ellas es la demonización de la cuota política.

El ministro Martínez -ministro y ocasionalmente candidato a la Presidencia- fue objeto de un largo reportaje en Brecha a fines de noviembre pasado. Allí desgranó loas al gobierno que integra, el mejor, según él, de la historia del Uruguay. (Cuando el oriental tiene una camiseta puesta se siente obligado a actuar siempre como hinchada, aunque se le esté pidiendo un análisis político; seamos indulgentes con su fervor juvenil.) Pero otras expresiones suyas llaman la atención. Dijo Martínez en ese reportaje que el gobierno del Frente Amplio había sido incomparable. Dio tres motivos fundamentales. De los dos primeros sinceramente no me acuerdo; el tercero era que el Frente Amplio nunca había actuado guiado por un criterio de cuota política, como, según él, había sido el caso de todos los partidos de gobierno anteriores. Dos reflexiones: la primera sobre Martínez, la segunda sobre los uruguayos y su cultura política.

Las palabras de Martínez, en este reportaje amigo que le hizo Brecha, son para recortar. ¿No es facilísimo comprobar que en este gobierno, todas las carteras ministeriales fueron repartidas según cuota política? ¿De qué manera imagina Martínez que Arana llegó a ser ministro? ¿Y Gargano? Otra: los cargos de dirección en la Intendencia de Montevideo fueron, todos ellos, adjudicados en base a cuota política. ¿O no? Finalmente cabe recordar que el ingeniero Martínez llegó al Ministerio de Industria procedente de Ancap; por tanto no puede ignorar que Sendic, presidente de aquel directorio, no está en ese lugar por alguna versación especial en temas referidos al petróleo sino por cuota política.

Pero aquí viene el otro aspecto del asunto y que refiere a la cultura general de nuestro país. Martínez no sólo no puede ver lo que su fanatismo de hincha le impide ver, en el Uruguay se condena y se censura la cuota política. Veamos.

Todo gobierno debe hacer un lugar en la administración a los apoyos políticos que lo sustentan. Parece obvio. No se trata, naturalmente, de tolerar el nombramiento de ignorantes o de corruptos en los lugares de decisión. Pero todos los gobiernos tienen que manejar un concepto cuotificado de ejercicio del poder que refleje la composición política real del partido que ganó las elecciones y el gobierno. Incluso es sensato que haya una cuota para el que no ganó: para la oposición. Lo malo -en esto como en todo- está en los excesos. Comer no es malo, pero comer en exceso daña la salud y estropea la estética.

No existen motivos serios para fruncir la nariz o mirar con menosprecio una práctica política que es razonable y necesaria. Sin embargo, el uso irreflexivo del concepto ha consolidado un estigma respecto a las cuotas políticas. Mucha gente buena -ingenua pero buena- se duele y se escandaliza por algo que no ofrece reales motivos de agravio. Repartir cargos entre parientes, amigos y paniaguados es una práctica abominable, pero nada tiene que ver eso con la cuotificación política. Una cosa es nepotismo y otra diferente la cuota política.

Como decía al comienzo de esta nota: entre nosotros cir- culan afirmaciones y asertos recubiertos de solemne respetabilidad pero, una vez examinados, se muestran tan bien intencionados cuanto poco consistentes.

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