Rudimentario

Francisco Faig

Se podía suponer que con la izquierda en el poder la calidad de los debates sobre políticas públicas sería exigente y rigurosa: propia del país de primera que se prometió. Pero la realidad está lejos de verificar esa entusiasta esperanza.

En materia económica, el equipo de Astori ha intentado presentar argumentos un poco más complejos que los que por lo general manejan presidencia y su entorno. Ocurrió con la utilización de reservas del Banco Central; pasa ahora con el impuesto a las grandes estancias. Sin embargo, lugares comunes, medias verdades, ideologizadas ficciones y agobiantes simplismos son los protagonistas. Lejos de contradecir el movimiento hacia la concentración de la tierra en pocas manos, por ejemplo, se sabe que la propuesta emepepista- presidencial lo profundizará (es el mismo prejuicio de la canción "a desalambrar", pero hecho gobierno).

El desborde de las infraestructuras por causa del aumento de la producción no se resuelve con un empujoncito por el país. Aquí también, penamos por tener un debate de calidad que presente las opciones reales de inversiones acordes a las necesidades previstas. Aquí también, el slogan y la frase hecha suplantan la exigencia de argumentos y la calidad de las decisiones.

En educación, la situación es aun más grave. No solamente porque durante años el Frente Amplio nos hizo creer que tenía cuadros preparados para gobernarla, y eso, notoriamente, no es así. Sino porque las soluciones planteadas hasta ahora son tan ridículas como marginales, y lejos de ir al fondo del problema, se pierden en blablás ideologizados que nutren los discursos de la izquierda: desde los aguerridos vociferados por la barra de Fenapes, hasta los insulsos susurrados por el ministro. Entretanto, nos hundimos en la desidia educativa que condena a los más pobres.

En medio ambiente, el amateurismo se viste de ropaje democratizante. En vez de tomar las decisiones que se precisan con argumentos técnicos fundados en un tema tan árido como el de una minería a cielo abierto, resulta que debiera de ser el pueblo el que decida. Por otro lado, no menos grave aunque nada comentado, es que seguimos sin contar con medios ni registros que nos aseguren que la agricultura transgénica se lleva adelante con total responsabilidad ambiental.

Nos hicieron creer que el populismo a la uruguaya podía conducir a un país de primera con gente especializada y pronta para tomar decisiones de calidad institucional. Y lo formidable del asunto es que seguimos creyendo que vamos bien así como estamos. Porque nos obnubila el sentimiento de excepcionalidad que arrastramos desde Maracaná; nos invade el beneplácito autocomplaciente de la feliz uruguayez ensimismada; nos protege del mundo el querido y gigante muro de yerba de oficina.

Vivimos engañados. La realidad es que el talante de una especie de Nardone en permanente asamblea cabildante desde el gobierno, sumado a la incuria propia de una burocracia estatal autista, nos están alejando de cualquier pretensión de ser un país de primera.

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