Irán suele ser considerado en Occidente como un régimen fanático, irracional, casi suicida. Esa imagen sirve para indignarse, pero no tanto para entender cómo piensa. Y eso importa porque buena parte del problema está ahí.
Irán actúa como un régimen convencido de que, para sobrevivir, tiene que resistir más de lo que sus adversarios están dispuestos a soportar. Esa idea no nació ayer. La Revolución Islámica de 1979 derrocó al sha y estableció una teocracia. También instaló una obsesión: que Irán no volviera a vivir bajo tutela ajena. Nunca más, según esa lógica, las decisiones de fondo debían cocinarse fuera de Teherán. En ese universo mental, el poder de Estados Unidos era un riesgo a contener y la existencia de Israel pasó a ser vista como una anomalía colonial, cuya continuidad el régimen nunca aceptó como legítima.
Después vino la guerra contra Irak, el conflicto más largo del siglo XX, y terminó de endurecerlo todo. Ocho años de trincheras, misiles, ciudades bombardeadas y armas químicas generaron un trauma del que surgió la lógica de la llamada “defensa avanzada”. Lo que desde afuera se ve como expansión, en Teherán se presenta como prevención. La idea es empujar el campo de batalla hacia afuera para no tenerlo adentro.
Por eso, Irán pasó décadas construyendo una red de influencia armada en la región: Hezbolá en el Líbano, milicias en Irak, respaldo al régimen sirio, vínculos con Hamás y apoyo a los hutíes. No fue una colección desordenada de aventuras. Hubo método, plata, paciencia y doctrina. Irán supo explotar las grietas del barrio sunita para presentarse como el verdadero defensor de la causa palestina, una bandera que buena parte del mundo árabe había dejado languidecer.
Del lado israelí hubo un cálculo tan cínico como peligroso. Durante años, permitió y facilitó que Qatar enviara cientos de millones de dólares a Hamás en Gaza. El objetivo era mantener al grupo con vida, pero contenido, para dividir al liderazgo palestino y asegurar que la Autoridad Palestina en Cisjordania fuera demasiado débil para exigir un Estado. Netanyahu creyó que podía usar el dinero qatarí para comprar una calma previsible y enterrar, de paso, la solución de dos Estados.
El 7 de octubre de 2023 lo rompió todo. La masacre terrorista de Hamás no surgió de la nada ni fue apenas un estallido palestino aislado. Ocurrió dentro de un ecosistema regional que Irán ayudó a sostener. Teherán necesitaba que la sangre volviera a convertirse en un obstáculo insalvable entre Arabia Saudita e Israel, frenando en seco la normalización árabe-israelí que Estados Unidos intentaba consolidar.
Irán no es solo un Estado obsesionado con su supervivencia. Es también un régimen represivo que persigue opositores, aplasta protestas, encarcela, tortura y humilla con particular saña a las mujeres. Y, hacia afuera, tampoco practica una autodefensa limpia ni quirúrgica. Financia, arma y legitima a actores terroristas que usan la violencia como herramienta.
En ese marco, la guerra con Irán le regaló a Netanyahu algo que necesitaba con urgencia: oxígeno político. Irán no es una amenaza inventada por Netanyahu. Es una amenaza real, y una que ha hecho de la destrucción de Israel parte central de su retórica y de su estrategia regional. Lo que hace el primer ministro israelí es usarla como blindaje.
Le sirve para mover el eje de la discusión, correr el foco sobre el fracaso de inteligencia del 7 de octubre, el horror humanitario en Gaza y sus propios problemas judiciales. Frente a Irán, Netanyahu vuelve a asumir un papel que conoce bien: el del líder que enfrenta un peligro existencial y exige disciplina interna. Pocas cosas ordenan tanto como un enemigo grande y útil.
Trump hizo su propio aporte al endurecimiento de la política iraní. Cuando rompió el acuerdo nuclear en 2018 y se abrazó a la teoría de la “máxima presión”, prometió torcerle el brazo a Teherán. No pasó. Lo que hizo fue fortalecer a los sectores del régimen convencidos de que con Washington no hay nada que negociar.
Trump avanza hacia una paradoja histórica: en nombre de la fuerza, acelera el desgaste de la hegemonía estadounidense. En esa deriva, soltó la obscena amenaza según la cual “toda una civilización morirá esta noche”. Al filo de los 80, desnuda a diario su esencia primitiva, vulgar y patoteril.
El resultado está a la vista: una guerra inútil y contraproducente. Un conflicto que desgasta a Estados Unidos y complace a Rusia y a China. Cada amenaza mal calibrada no modera: incluso en su error, le hace creer al régimen que su lectura del mundo es, en lo esencial, correcta.
Hace unos años, Henry Kissinger le preguntó a un alto funcionario iraní cuándo abandonaría Irán su ideología revolucionaria para abrazar, de una vez, el pragmatismo. En algún momento de la conversación apareció Kant y esa idea de que la paz llega cuando los protagonistas se agotan. Kissinger quiso saber si Irán ya había alcanzado ese punto de fatiga. El iraní le contestó con otra pregunta: ¿cuándo se agotará Estados Unidos?