No entiendo nada de fútbol ni me interesa. Sin embargo, como me siento orgulloso de ser parte del país de José Enrique Rodó, Ida Vitale y Carlos Maggi, cumplo cada 4 años con el ritual nacionalista de alentar a nuestra selección.
Claro que me entristeció la temprana eliminación, pero pasan los mundiales y sigo sin entender ese curioso exitismo yorugua que convierte a los jugadores y técnicos de la celeste en dioses si ganan, o en seres despreciables si fracasan. Es lo que los periodistas deportivos llaman “resultadismo”: si el mismo Bielsa y los mismos jugadores hubieran podido evitar algún gol (con uno o dos alcanzaba) o meter otro por un mínimo error del adversario, en lugar de lincharlos ahora los estarían aclamando, emocionados. La pasión futbolera es tan tradicional como la frivolidad con que se la vive.
Hay autores que ubican al fútbol como el último sucedáneo del nacionalismo de los siglos XIX y XX. Antes, para dar fe del amor a la patria, había que ir a la guerra. Ahora es bastante más confortable: alcanza con armar una picadita frente a la tele para sentirse parte de una nación orgullosa de sí. Lo gracioso es que, si once chiquilines ganan el partido, la victoria nos pertenece a todos, pero si pierden… ¡yo no tuve nada que ver, la culpa es del golero que se tiró mal y el técnico ese raro que mira al piso mientras contesta!
Chatgepeteando, descubro a un psicólogo social estadounidense llamado Robert Cialdini que teoriza exactamente sobre eso: un patriotismo resultadista que hace que nos sintamos partícipes de la gloria, abrazándonos porque “todos ganamos” o que tomemos distancia del fracaso, enojándonos con “los que perdieron”.
En su libro El fútbol a sol y sombra, Eduardo Galeano lo define como “la única religión que no tiene ateos” y elogia su “belleza genuina”, pero se lamenta de la mercantilización a que da lugar. Es el eterno prejuicio de la izquierda intelectual contra la riqueza. Que a Uruguay le hubiera ido bien en el Mundial, hubiese sido más que positivo justamente por su potencial de mercantilización: más atención del mundo hacia nuestro pequeño país, más optimismo inversor, más oportunidades de negocios para los medios de comunicación, lo que habría redundado en más puestos de trabajo y más recursos para políticas públicas. En lo personal, no percibo en el fútbol belleza alguna, pero lo respeto y valoro como expresión cultural exitosa económicamente y con fuerte sentido de pertenencia popular.
Tampoco creo en su excesiva politización: es cómico ver ahora a quienes quieren colgar la derrota al FA o a la CR. O quienes suponen que la suerte de la selección influye en la aprobación del gobierno. (En 1980, la dictadura promovió aquella Copa de Oro, el Mundialito, previendo que sería el festejo perfecto tras el plebiscito que creían que ganarían, un mes antes. Pero la gente les dijo un hermoso “No” en noviembre, y salió a celebrar en diciembre y enero la victoria de Uruguay).
Podemos ser fanáticos, pero no somos tontos. Todavía sabemos diferenciar el inocuo sarpullido patriotero de alentar a la celeste, de la desaprobación airada a un gobierno errático.
Lo más probable es que esta depre por el fracaso futbolero sofoque aún más nuestro ya débil nacionalismo. Y que sin más motivos para agitar la banderita, sigamos consumiendo apáticamente TikTok, Gran Hermano y Temu.